miércoles, 22 de enero de 2020

DIARIO DE UNA LECTORA DE TOLSTÓI: EL CAMINO DE LA VIDA CON TOLSTÓI Y SELMA ANCIRA

Fuente: Undine von Reinecke

Sinopsis de la editorial
El camino de la vida sólo vio la luz en ruso en 1911, unos meses después de que Lev Tolstói falleciera en la estación ferroviaria de Astápovo. El libro, que había permanecido inédito en español, como un tesoro escondido, es la culminación de la obra moral del escritor y la expresión más completa de su pensamiento religioso: un destilado de máximas legadas por los sabios de todos los tiempos y de todas las tradiciones del mundo que le inspiraron sus propias reglas para el perfeccionamiento interior. Cada uno de los treinta y un capítulos que integran este volumen—uno por cada día del mes—conforman un singularísimo breviario espiritual destinado a «llevar una vida de bien» y contribuir así a la realización de una aspiración tan antigua como irrenunciable: la convivencia pacífica entre los individuos y los pueblos.

22 de enero de 2020

Cuando era adolescente pasaba los veranos en el pueblo de mi abuelo. En aquellas tierras las festividades patronales estaban siempre acompañadas de grandes convites en la plaza mayor, donde se ofrecía vino dulce y bandejas con productos tradicionales de la región. Cada familia tenía luego un gran banquete preparado al volver a casa. Recuerdo un año en que mis amigas y yo recorrimos muchas de las casas de nuestros conocidos, y en todas ellas nos tentaron con insistencia a probar sus especialidades culinarias. Al llegar a casa, exhausta de tanto manjar,  no pude evitar degustar unas pastas con piñones que mi madre puso a la hora del café. Desde aquel día nunca jamás he vuelto a probar un piñón.

Capítulo XXII: El no hacer


<Los hombres arruinan su vida no tanto no haciendo lo que deben hacer, cuanto haciendo lo que no deben hacer. Y por eso el mayor esfuerzo que debe hacer el hombre sobre sí mismo para tener una vida de bien es no hacer lo que no debe hacer.>

Un día más me enfrento a un capítulo que, aun tratando un tema importante para el crecimiento personal como es el autocontrol, resulta reiterativo y un tanto difuso y enmarañado en su explicación. Hablando muy genéricamente de la contención que debe prodigar el individuo.

Tolstói comienza dándonos a entender que en su tiempo las personas llevaban una vida de actividades frívolas creyéndolas valiosas, y por ello invita a los individuos a ser menos activos y selectivos a la hora de elegir ocupación, para no caer en actividades perniciosas que invaliden sus vidas:

<Lo más importante para todos los hombres es llevar una vida de bien. Llevar una vida de bien significa no tanto hacer el bien que podemos hacer, cuanto no hacer el mal que podemos hacer.>

<Todos los hombres de nuestro tiempo saben que nuestra vida es mala, y no solo critican la manera en que está organizada, sino que hacen cosas que, en su opinión, deben mejorar la vida. Pero lejos de mejorar, la vida no hace más que empeorar. ¿Por qué? Porque los hombres realizan los trabajos más artificiosos y más complicados con el fin de mejorar la vida, y no hacen lo más fácil y sencillo: no se abstienen de participar en aquellas cuestiones que hacen que nuestra vida sea mala.>

Por otro lado, también nos incita a no precipitarnos en nuestras elecciones para no caer en error. Como también nos impele a no rendirnos ante la depresión, y a esperar a que campee el temporal para conducirnos con cordura:

<Pregunta: ¿qué es lo mejor que puedes hacer cuando tienes prisa? Respuesta: nada.>

<En los momentos de abatimiento moral uno debe comportarse con uno mismo como con un enfermo; lo más importante: no emprender nada.>

Por otro lado, nos dice que siempre es mejor lamentar no haber hecho algo que deberíamos haber hecho, que penar por haber hecho algo indebido. Esto último invita a la más absoluta contención, y evidentemente no es como se nos educa hoy día, ahí lo dejo:

< (…) Que toda persona, aun si es joven, haga memoria de su vida. Y si se lamenta aunque sólo sea una vez de no haber hecho algo que debía hacer y que habría estado bien que hiciera, se lamentará ciento de veces de haber hecho algo malo y que no debía haber hecho.>

Nos asegura que las consecuencias de nuestros malos actos son fatales, reitera ideas anteriores. También nos advierte de lo fatal que es dejarse llevar por el mal carácter; y hace además su personal apunte contra las tentaciones de la carne (con esto Tolstói tenía un problema):

<Es peor hacer más de la cuenta que no hacer lo suficiente; es peor apresurarse que llegar tarde.Los reproches de la conciencia siempre son más dolorosos por lo que hiciste que por lo que no hiciste.>

<La mayoría de las personas a las que llamamos malas, se han vuelto así porque tomaban su mal humor por el estado legítimo del alma y se abandonaban a él sin hacer esfuerzos para oponerle resistencia.>

<Si sientes que no tienes la fuerza suficiente para contener el deseo carnal, es porque seguramente no lo contuviste cuando aún podías hacerlo, y ahora el deseo se ha vuelto un hábito en ti.>

No contento con invitarnos a la contención a la hora de actuar, también lo aplica para la conducta general en la vida. Y nos anima a no cejar en nuestro esfuerzo por vencer las tentaciones. Pero ante todo, nos pide que reflexionemos:

<Cada vez que tengas muchas ganas de hacer algo, detente y piensa: esto, de lo que tantas ganas tengo, ¿es bueno?>

<Para no cometer malas acciones no basta con abstenerse de las malas acciones en sí, hay que aprender a abstenerse de las malas conversaciones y, sobre todo, de los malos pensamiento. (…)>

<Independientemente de cuántas veces hayas caído por no haber podido vencer tus pasiones, no te desanimes. Todo esfuerzo de lucha disminuye la fuerza de la pasión y facilita la victoria sobre ella.>

Anima a todos los individuos a trabajar la fuerza de voluntad:

<Si quieres ser libre, acostúmbrate a refrenar tus deseos.>

<La verdadera fuerza no está en aquel que vence a los otros, sino en aquel que se vence a sí mismo, que no permite que el animal que hay en él domine su alma.>

Ha sido un capítulo muy breve también el de hoy. Está escrito como un guión de gimnasio que da pautas al usuario para conseguir las metas marcadas por un entrenador. El mensaje principal es: si consigues vencer las pasiones que te invaden serás libre y un hombre mejor. No es que no esté de acuerdo con estas palabras, pero sabiendo lo estricto que era el buen hombre, quizá habría que matizar un poco más esta cuestión. Porque en el capítulo sólo hace mención a las pasiones de la carne y a la falta de economía en el hablar; dejando muy difuso el resto de temas que ocupan al ser humano. En mi opinión, este es uno de los capítulos que no le dio tiempo a concluir o completar antes de fallecer, quedando en el vació mucho aspectos de la vida. No obstante, me quedo con la última cita que el maestro eligió para cerrar el capítulo, que dejan muy claro cómo nuestras acciones afectan a la vida:

<El movimiento más pequeño de la materia es importante para la naturaleza entera. El mar entero se modifica a causa de una sola piedra. Lo mismo ocurre en la vida espiritual, el movimiento más pequeño provoca consecuencias infinitas. Todo es importante.> Pascal

Hasta la próxima entrada, amigos.


Undine von Reinecke ♪





RESEÑA: "CUATRO DAMAS DEL MISTERIO", L. M. ALCOTT, VERNON LEE, AMELIA B. EDWARS Y MARGARET OLIPHANT



 
Fuente: Undine von Reinecke



Ficha Técnica:

ISBN: 978-84-120979-1-7
Traductores: Goran Gallarza, Marina Alonso, Javier Ruiz y Francisco G. Gonzalez
Rústica con solapas
192 páginas
Tamaño: 12 x 20 cm.
PVP sin IVA: 15,67 €
PVP con IVA: 16,30 €
Fecha de publicación: noviembre de 2019



Sinopsis de la Editorial:


La maldición de unas semillas encontradas en una pirámide egipcia, los diabólicos acontecimientos que tienen lugar en una alfarería británica, la fantasmal presencia detrás de la ventana de una biblioteca y la extraordinaria aparición de una niña en una noche de tormenta en un pueblo costero italiano son los temas principales de los cuatro cuentos recogidos en este libro.

Son todas ellas historias que envuelven en inquietantes atmósferas llenas de misterio y suspense, escritas por cuatro autoras en lengua inglesa —la americana Louisa May Alcott, la escocesa Margaret Oliphant, la inglesa Amelia B. Edwards y la hija de expatriados británicos Vernon Lee—, que, a finales del siglo XIX y principio del siglo pasado, se dedicaron con éxito a un género que elevó a nivel literario las leyendas y los cuentos populares que hablaban de apariciones espectrales, de profecías ancestrales o de inexplicables acontecimientos sobrenaturales.


Propuesta Musical para este Libro:




Lo que Undine piensa del Libro:


Todos los que amamos la literatura sabemos que este campo estuvo reservado durante mucho tiempo a los varones en especial. Y no es que no se conozcan nombres de escritoras ilustres  de siglos pasados; a nadie se le escapa que Jane Austen, George Sand, las hermanas Brontë, o la propia Sor Juana Inés de la Cruz, que fue precursora en este campo y consiguió gran notoriedad allá por el siglo XVII, son nombres que lucen hoy con letras de oro junto a los de sus colegas masculinos; editándose hoy por hoy las obras de todas ellas tanto o más que las de  Dickens o Balzac, por ejemplo. Pero en sus respectivas épocas ninguna de ellas lo tuvo fácil, escribir se consideraba poco apropiado  y falto de decoro para la mujer. Eso les impidió disfrutar de su profesión como correspondería a personas de su categoría y profesionalidad.

Pero mediado el siglo XIX y, coincidiendo con la llegada del movimiento realista, fue surgiendo un nuevo tipo de escritoras que dedicaron sus vidas a la literatura y de la que hicieron además su sustento. Eran mujeres de clase media alta, educadas generalmente en casa, con una formación académica considerable y precoces en sus comienzos profesionales. Todas ellas arrojadas, liberales, valientes y autosuficientes, con la capacidad de sacar adelante sus vidas o la de sus familias. Mujeres que teniendo la capacidad de escribir literatura de la llamada seria, supieron adaptarse a las circunstancias de su época y dedicaron parte de su producción a redactar trabajos más comerciales que les permitía vivir de ellos con holgura y cierto éxito. ¿No es eso ingenio y modernidad?

Un ejemplo magnífico de este tipo de escritoras es el que encontramos en Cuatro damas del misterio, que publicó en noviembre de 2019 la editorial Funambulista. Una edición que recoge cuatro relatos inquietantes y misteriosos, firmados cada uno de ellos por sendas escritoras. Un cuarteto magnífico formado por: Louisa May Alcott, Vernon Lee, Amelia B. Edwars y Margaret Oliphant.

Debo confesar que no me suelen gustar los libros de relatos compuestos por títulos de diferentes autores, porque la disparidad de estilos habitualmente me molesta en una lectura continuada. Pero en el caso que nos ocupa, Cuatro damas del misterio, el maridaje de los cuentos es tan brillante y la temática tan compatible, que el contraste de modos es casi un aliciente. Desde el primer relato hasta el último, el libro consiguió hechizarme devorándolo  con entusiasmo.

Doy paso ahora al libro con el primero de los cuentos:


👉Perdidos en la pirámide o La maldición de la momia, por Louisa May Alcott (1832/1888)

El nombre de Louisa May Alcott no necesita presentación. Todos conocemos el nombre de la creadora de la aclamada novela Mujercitas, muy presente en las últimas semanas por su nueva adaptación a la gran pantalla. Lo que es menos conocido, aunque cada vez hay más personas informadas sobre el tema, es que era una mujer de convicciones muy serias. Tuvo una peculiar aunque muy rica educación, influenciada considerablemente por  los trascendentalistas norteamericanos como Thoreau o Emerson. Sufragista convencida, abolicionista, trabajó como enfermera en la Guerra de Secesión norteamericana, publicó en revistas y periódicos artículos de opinión y  fue fundadora de la Unión Educativa e Industrial de Mujeres en Boston.  Escritora temprana de cuentos e historias sensacionalistas de corte victoriano, su intención fue siempre escribir sobre temas sociales y políticos, pero su editor la empujó a relatar historias para jovencitas que tenían gran aceptación entre el público. Así surgió su gran éxito Mujercitas en 1868, primer título de la saga basada en su propia familia y que la incitaría a seguir escribiendo literatura infantil y juvenil con mucho éxito. En cuanto al terreno personal, nunca se casó. Y tuvo que hacerse cargo de su familia al morir su madre.

Pirámide de Keops
Fuente: Wikipedia
El relato que nos ocupa hoy, Perdidos en la pirámide, data de 1969 y se encuadra entre las historias sensacionalistas, que la autora escribía antes del ya mencionado éxito de 1968, y que se ha considerado uno de los primeros ejemplos de thrillers egipcios escritos por una mujer. A nadie debe extrañar la temática, pues la egiptología era una ciencia que interesó enormemente a la escritora norteamericana. También se ha considerado recientemente, que este relato pudiera tener connotaciones feministas, si se hace una analogía entre la profanación de la tumba egipcia con la violación de una mujer. Esta teoría ha sido defendida por Jasmine Day. Pero dejémonos de especulaciones y empecemos a hablar del relato.

Perdidos en la pirámide comienza en un salón. Una pareja de jóvenes, Paul y Evelyn, están charlando tras el regreso del joven de una expedición a Egipto junto al profesor Niles, pocas semanas antes de su boda. Paul le enseña un misterioso cofre de madera que contiene unas semillas dentro. Evelyn que es una preciosa y curiosa muchacha le pide a su prometido que le cuente la historia de ese objeto. Y Paul, muy misterioso, comienza la narración de los hechos no sin antes advertir a su novia sobre los peligros que puedan sobrevenir de esta rara e inquietante aventura. El relato tiene su origen dentro de la pirámide de Keops.

Acompañaba el joven Paul al profesor Niles en sus investigaciones de los jeroglíficos y los pasillos laberínticos del antiquísimo monumento egipcio. Cansados por el calor, el polvo y el trabajo, deciden tumbarse a dormir y descansar. Al despertarse tras un inquietante sueño, Paul descubre que ni el guía egipcio ni el profesor están en el campamento. Pese a la advertencia  de una nota escrita por el profesor de no abandonar el sitio, el joven muerto de inquietud toma una antorcha y recorre los pasillos en busca de Niles. Después de una sofocante búsqueda, Paul consigue encontrar al doctor caído y en malas condiciones. Muy asustados, juntos inician el regreso al punto de encuentro marcado por su guía egipcio. Cuando creen estar perdidos y a punto de quedarse sin la luz de la antorcha, se topan con un sarcófago egipcio. Una tumba que identifican como  perteneciente a una sacerdotisa de tiempos inmemorables, cuya momia sigue en su interior con un cofre lleno de semillas entre las manos. Temiendo quedarse atrapados en aquel lugar, el profesor decide no escuchar las advertencias de Paul e incendia los huesos de la sacerdotisa, para que la luz de la fogata indique a su guía Jumal dónde  poder encontrarlos. Eso sí, el cofre de la sacerdotisa se salvan del fuego.

La imaginación de Evelyn tras escuchar la narración de su prometido la lleva a imaginar las maravillosas plantas y flores que podrían surgir de aquellas semillas que contiene su misterioso cofre, pero Paul muy asustado le advierte sobre los peligros que puede llevar consigo germinar esas plantas. Sin atender a razones, el joven decide echar al fuego de la chimenea las semillas. Pero en un descuido, no todas caen dentro. Es entonces cuando comenzará la maldición de la momia y sus terribles consecuencias. ¿Queréis conocerlas?

Perdidos en la pirámide es una historia muy corta, son apenas veinte páginas. La fluidez de su narrativa, la economía en los personajes, lo exótico y misterioso de su argumento hacen que su lectura sea apasionante y emocionante, sin tomar aliento para respirar hasta finalizarla.

Su estilo grandilocuente lleno de luces y sombras, al más puro estilo gótico de la era victoriana, hacen del relato un claro ejemplo de los cuentos que la encantadora Jo March  hubiera podido contar a sus hermanas en la buhardilla de Concord. Una encantadora e inquietante historia para ser contada al calor del fuego del hogar, que invita a soñar con tierras lejas y viejas leyendas egipcias.

👉La siguiente novela se titula Dionea, y está firmada por la escritora inglesa Vernon Lee (1856/1935)

Fuente: Ed. Funambulista
Vernon Lee fue una peculiar mujer. Nacida en Francia, aunque de padres ingleses, pasó los primeros años de su vida viajando con su familia hasta que se establecieron en Italia en 1873 donde pasaría casi toda su vida adulta. Tuvo una infancia y juventud  muy particular junto a una madre y un hermanastro algo desequilibrados, que imprimieron carácter a su personalidad. Muy culta y escritora temprana, publicó por vez primera a la edad  de trece años. Se codeó con los grandes escritores e intelectuales de su tiempo, aunque no caía bien a nadie debido a su difícil carácter. Pese a ello, era admirada por su inteligencia y gran cultura, que la llevó a escribir tratados de estética, libros de viajes, novelas y relatos cortos. Henry James fue un gran admirador suyo,  llegando a dedicarle algunas palabras en una carta dirigida a su hermano:

<Es tan peligrosa y extraña como inteligente, lo cual equivale a decir muchísimo. El vigor y envergadura de su intelecto son de lo más infrecuente, y su conversación, absolutamente superior. Pero sé moderado en materia de amistad, ¡es una gata montesa!>

Es innegable que fue una mujer peculiar: letrada temperamental, ferviente feminista, pacifista declarada en la Primera Guerra Mundial, su manera de vestir a lo garçonne y su carácter; todo ello unido a que no se casó nunca ni se le conoció ninguna relación sentimental, hicieron de ella una leyenda. El escritor español Javier Marías se refirió a sus novelas como no  muy brillantes, y  a sus trabajos estéticos como pasados de moda, pero  sí admitió que sus cuentos góticos eran excelentes. A estos últimos pertenece el relato incluido en Cuatro damas del misterio, su título: Dionea, que ahora paso a comentar.

Retrato Vernon Lee, Sargent
Fuente: Wikipedia
Dionea es una misteriosa y legendaria historia que trae recuerdos de mitos clásicos de tiempos griegos y romanos. Contada de manera epistolar, las cartas están escritas por un único personaje, el doctor Alessandro de Rosis, que durante veinticuatro años mantiene correspondencia con doña Evely Savelli, princesa de Sabinia.


La novela cuenta la historia de una pequeña náufraga, cuya extraña manera de llegar a la costa de un pequeño pueblo del norte de Italia y su carácter insólito, consiguen crear entre los habitantes del lugar cierta aprensión hacia ella. El doctor acostumbrado a las supersticiones de los aldeanos pide en sus cartas a la princesa de Sabinia que apadrine a la pequeña para poder llevarla al convento del lugar; puesto que ninguna familia quiere acogerla. La princesa acepta y el doctor periódicamente le irá contando los progresos en la educación de Dionea.

Pero la tranquilidad del doctor se verá alterada cuando las hermanas del convento le cuentan las pocas virtudes que la niña tiene, que no aumentan, sino todo lo contrario cuando se convierte en una linda jovencita. De inusual belleza pero pérfido carácter, la muchacha no está más cerca de encontrar marido que cuando era niña, ya que su genio maligno asusta a todos los jóvenes. Esto obliga al doctor a tomar diferentes medidas durante los siguientes años, para intentar hacer de Dionea una muchacha sensata. Disposiciones que no evitarán infortunios a todos los que se crucen en la vida de la extraña joven. Pero un día todo parece cambiar, cuando llega a la localidad un escultor de renombre, cuya esposa queda hechizada por la belleza de Dionea y convence a su talentoso marido para que la esculpa. ¿Será una decisión fatal?

Dionea es una enigmática tragedia, al estilo de las que se representaban en los teatros de la antigüedad clásica. Sus voces traen cánticos que hablan de sabores, olores y mitos de tierras mediterráneas; los dioses griegos y romanos inundan las páginas del relato. La pluma de Vernon Lee derrocha saber, esbozando  para el lector  cuadros descriptivos con precisión pictórica, acercándolo al colorido de la Italia más cálida y temperamental.

Por otro lado, la historia goza de una estética gótica perfectamente maquetada, que envuelve a quien la lee con un hechizo del que no quiere despertar. Filtros de amor, diosas clásicas, playas agrestes, artistas románticos, ruinas y un convento con una advertencia para el Maligno en la puerta. ¿Qué más se puede pedir?


👉Y de tierras italianas del mediterráneo viajamos a la fría Inglaterra, a Staffordshire  Potteries. Toca el turno a nuestra tercera dama del misterio: Amelia B. Edwards (1831/1892), y su relato El tercer horno.

Fuente: Ed. Funambulista
Amelia B. Edwards no es menos interesante que las anteriores, y como ellas también fue una escritora precoz, publicando su primer poema con siete años. Educada en casa por su madre, no sólo mostró dotes para la escritura, sino que las artes plásticas y la música estaban también entre sus virtudes. Publicó poemas, relatos y artículos en revistas y periódicos de gran relevancia. Pero no fue hasta 1850 que se dedicara por completo a la literatura, teniendo sus obras buena acogida desde el principio, pero su gran triunfo llegó en 1864 con la publicación de La historia de Barbara, una novela dedicada a la bigamia. Trabajadora incansable, dedicaba mucho tiempo a la documentación y recreación de sus atmósferas, hecho éste en el que se basaba el éxito de sus novelas, llegando a editarse una de ellas, Lord Brackenbury (1880) hasta en quince ocasiones. También fue una estupenda escritora  de cuentos de fantasmas, cuyo título más conocido es El carruaje fantasma.

En el terreno personal, Amelia nunca se casó,  aunque pasó su vida junto a su amiga Ellen Drew Braysher, quien la acompañó en todos sus  viajes. Fue defensora y  promotora del movimiento sufragista y  sus grandes pasiones fueron  los viajes, la literatura y la egiptología, llegando a fundar junto con Reginald Stuart Poole el Egypt Exploration Fund.

Horno de Potteries
Fuente: dreamstime.com
Con respecto al cuento que hoy nos ocupa de la autora, El tercer horno, narra una inquietante historia de fantasmas. El relato narra un hecho insólito que le ocurrió a un alfarero de la región de los Potteries siendo aprendiz, y nos es contado por él mismo. La historia comienza cuando siendo él un huérfano de la calle es recogido y protegido por George Barnard, capataz de la fábrica de porcelana del lugar. Éste le da trabajo y se ocupa de su educación. George es un buen hombre, respetado por sus trabajadores y amado por la dulce Leah Payne, su prometida. La vida de todos transcurre pacíficamente entre el trabajo  y los oficios de la iglesia, donde coinciden con Leah. Pero un día llega a la fábrica un nuevo decorador de porcelana proveniente de los afamados talleres de Sévres franceses; su nombre, Louis Laroche: un hombre presumido, de mirada ladina y misterioso aura. Hasta los perros ladran cuando presienten que va a pasar. Pero la dulce Leah no lo ve así, y George sospecha que algo aterrador va a pasar. No se equivocará, un misterio inquietante y espeluznante aguarda a todos los que se atrevan a leer El tercer horno.

Encuadrado en la tradición cuentista británica, El tercer horno, tiene similitud de estilo  con las historias de fantasmas  escritas por los ingleses Charles Dickens y Wilkie Collins. Narrado con una pluma ágil y dinámica que invita a leer la historia sin pausa alguna. Su ambientación  y atmósfera son exquisitas, disfrutando el lector de unas descripciones fantásticas,  pudiendo imaginar en todo momento cómo eran las fábricas inglesas de porcelana en el siglo XIX. Tanto es así, que la autora dedica incluso algún breve e interesante pasaje a su proceso de fabricación:

<(…)Solíamos hacerlo, debo decirle, introduciendo trocitos apenas moldeados de arcilla común y corriente. Si el calor era demasiado fuerte, se agrietan; si es demasiado débil, permanecen húmedos; si está equilibrado, se vuelven firmes y lisos por todas partes, y entran en la fase de galleta. (…)>

Otro aspecto llamativo de la ambientación, que da credibilidad y aumenta el interés en la historia, es la introducción en la trama de apuntes forenses; una ciencia ésta que estaba comenzando a gozar de gran importancia y fama en la época de la escritora.

El tercer horno es en definitiva un fantástico cuento, escalofriante y emocionante, que pese a su brevedad deja la sensación de haber leído una gran novela; así de bien está escrito. Una lectura ideal para las noches invernales.


👉Pongo rumbo final a esta reseña ocupándome al fin de la última de mis cuatro damas del misterio: Margaret Oliphant, y su cuento La ventana de la biblioteca.

Fuente: Ed. Funambulista
Margaret Oliphant Wilson  (1828-1827) nació en Wallyford, a las afueras de Edimburgo. Aunque tanto ella como su familia se mudaron a Liverpool en 1838, ella siempre se sintió escocesa. Comenzó su producción literaria en 1844, y sin cesar se dedicó a ello hasta su muerte en 1897. Aunque no gozó del éxito de Dickens, siempre se dijo que era la escritora favorita de la reina Victoria. Su inmensa producción está influida de una gran melancolía provocada por su triste vida. Viuda a edad muy, tuvo que mantener a toda la familia mediante su trabajo como escritora. Además de sus propios hijos, Oliphant tuvo que cuidar a su hermano alcohólico Willie y a su hermano Frank y los tres hijos de éste, después de que Frank entrara en bancarrota y su mujer muriera en 1870. Y no sólo esto, también vio morir a sus siete hijos. La suerte no la acompañó en el terreno personal, quizá por ello su empeño y dedicación al mundo de la literatura, donde si obtendría éxito tanto profesional como financiero. Llegó a publicar más de cien novelas y otras tantas obras de ficción y no ficción. Entre su producción destacan Cuentos de lo Visible y lo Oculto, una serie de relatos entre los que se encuentra La ventana de la biblioteca, relato que paso a analizar.

La ventana de la biblioteca cuenta la historia de una muchacha de Londres que disfruta  del verano en la casa de su tía Mary en Escocia.  Mary es una anciana, antigua beldad de la zona, que nunca se casó, y que ahora pasa sus días disfrutando de los tés de las tardes que organiza para sus amistades. Entre estas personas se encuentra lo más selecto de la población anciana.

Una tarde, la muchacha, que es una soñadora empedernida, escucha una conversación entre los amigos de su tía. Estos hablan y especulan sobre una ventana situada frente a la casa. Al parecer esa ventana no es visible para todo el mundo, aunque se especula que forma parte de la biblioteca de la población. La muchacha desde ese día vive obsesionada con la ventana: come, duerme y sueña con el momento de sentarse en su sillón a contemplarla. Hasta que un día algo sospecho comienza a ocurrir: una sombra  aparece tras esa ventana. Este hecho desencadenará una serie de circunstancias y más apariciones, que obsesionarán a la joven hasta casi perder la razón queriendo conocer el secreto ancestral que guarda su visión.

La ventana de la biblioteca es una historia de fantasmas de acusado romanticismo. Con un reconocible espíritu escocés, que pone  sus ojos en el más famoso de los escritores que dieran aquellas tierras: sir Walter Scott, a quien se le nombra en repetidas ocasiones. El tema que aparece  es de los más antiguos y nostálgicos en los cuentos de misterio: las apariciones de enigmáticos personajes. Pero la autora consigue crear una fantástica y original atmósfera  que envuelve al lector en una tormentosa y romántica historia, que no comprenderá hasta llegar al final.

Las descripciones, que  marcan el  carácter psicológico tanto de  los personajes como de todo lo que les rodea, son precisas y calculadas; acentuando las sensaciones que la escritora quiere conseguir del lector:

<Un velo de encaje colgaba de su viejo sombrero. Pero su mano, que surgía de otro espeso encaje, era algo curioso de verse. Tenía uno dedos muy largos, muy afilados, que en su juventud habrían sido muy admirados;  y su mano era muy blanca, y hasta más que blanca: pálida, diáfana, exangüe, con grandes venas azules que sobresalían en el dorso; llevaba varios anillos refinados, entre los cuales uno con un gran diamante en un viejo y horrible engaste con garras.>

Las ilusiones que recrea con su narrativa son en ocasiones de una belleza infinita, capaz dibujar  escenas de un costumbrismo propio de los artistas de tiempos pasados, escuchándose las voces de los protagonistas como si estuviéramos presentes en la escena:

<Esto ocurría siempre a la hora en que, en la calle, los muchachos se despedían para regresar a sus respectivas casas, y en que, a veces, una voz aún más chillona llamaba desde una de las puertas pidiendo a alguien que “diera un grito” a los chicos para que acudieran a cenar.>

La trama se desarrolla a un ritmo pausado y sereno, acelerándose según transcurren los días en la historia hasta finalizarla al galope por la emoción. Su final tiene trazas autobiográficas, que no debo desvelar a mis lectores por no estropear la emoción final. Pero sí puedo asegurar que los más románticos sentirán palpitar su corazón.

Y hasta aquí la reseña de hoy. Espero haber causado curiosidad en mis lectores, pues las escritoras de las que he hablado lo merecen. Sus vidas no fueron comunes, sus trabajos tampoco lo fueron. Y aunque durante años sus obras estuvieron un poco olvidadas, hoy podemos disfrutar de ellas gracias al esfuerzo de editoriales como Funambulista que se esfuerzan por ofrecer originalidad y calidad a sus lectores, haciendo realidad las palabras de Antoine de Saint-Exupéry:

<”Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua”.>


Undine von Reinecke ♪


Fuentes información:


L. M. Alcott:



Vernon Lee:  


Margaret Oliphant:


Amelia B. Edwards:


https://es.wikipedia.org/wiki/Amelia_Edwards

martes, 21 de enero de 2020

DIARIO DE UNA LECTORA DE TOLSTÓI: EL CAMINO DE LA VIDA CON TOLSTÓI Y SELMA ANCIRA

Fuente: Undine von Reinecke



Sinopsis de la editorial

El camino de la vida sólo vio la luz en ruso en 1911, unos meses después de que Lev Tolstói falleciera en la estación ferroviaria de Astápovo. El libro, que había permanecido inédito en español, como un tesoro escondido, es la culminación de la obra moral del escritor y la expresión más completa de su pensamiento religioso: un destilado de máximas legadas por los sabios de todos los tiempos y de todas las tradiciones del mundo que le inspiraron sus propias reglas para el perfeccionamiento interior. Cada uno de los treinta y un capítulos que integran este volumen—uno por cada día del mes—conforman un singularísimo breviario espiritual destinado a «llevar una vida de bien» y contribuir así a la realización de una aspiración tan antigua como irrenunciable: la convivencia pacífica entre los individuos y los pueblos.

21 de enero de 2020

Desde hace algunos días los medios de comunicación nos están avisando que en tres semanas llega San Valentín; es ya algo a lo que lamentablemente nos estamos acostumbrando. Año tras  año recibimos con muchísima anticipación cada fecha importante del calendario: comenzamos a preparar la Navidad en septiembre; mientras quitamos el abeto, comemos bombones de San Valentín; contratamos las vacaciones de verano en febrero, y las de pascua aún  no han llegado. Año tras año todo es igual. ¿No añoráis un ritmo más pausado? No me mal interpretéis, me gustan las celebraciones. Tan sólo quiero tener la certeza de que vivo intensamente cada instante.


Capítulo XXI: La vida está en el presente


<Los seres humanos imaginan que su vida transcurre en el tiempo: en el pasado y en el futuro. Pero esto no es más que una apariencia: la verdadera vida del hombre no transcurre en el tiempo, sino que siempre está en ese punto atemporal en el que el pasado se une con el futuro y que nosotros llamamos erróneamente el presente. El hombre es libre en ese punto atemporal del presente y sólo en ese punto, y por eso la verdadera vida del hombre está en el presente y sólo en el presente.>

Éste es uno de los capítulos más breves de El camino de la viday aunque su tema me parece francamente importante e interesante, creo que Tolstói se complicó un poco intentando explicarlo. Quiero decir que, para contar su opinión sobre el tema, escribió largo y tendido con circunloquios sobre el tiempo y el espacio. Lo que pudieron haber sido dos páginas de ideas brillantes sobre el aprovechamiento de la vida, se convirtieron en quince páginas de axiomas más o menos lúcidos.  No obstante, su principal mensaje me parece acertado y lo hago mío: aprovechar sabiamente el tiempo presente.

Para comenzar nos habla de lo que para él significan el pasado, el presente y el futuro. De los tres tiempos sólo acepta la existencia del presente, y nos avisa que  es lo único que tenemos, y que hay que aprovecharlo por ese motivo; porque nada más es cierto en nuestras vidas:

<El pasado ya no está, el futuro no ha llegado todavía. ¿Qué hay entonces? Sólo ese punto en el que el futuro se encuentra con el pasado. Parecería que ese punto no es nada, y sin embargo nuestra vida entera está únicamente en él.>

<No existe el tiempo, sólo existe el instante. Y en él, en el instante, está toda nuestra vida. Por eso hay que poner en él todos nuestros empeños.>

Por supuesto, para Tolstói el tiempo es un concepto puramente material. Y, como ya nos dijo, la única vida válida es la espiritual, que es atemporal y eterna. El concepto del tiempo lo acepta sólo como guía de referencia  para la vida del alma; para fijarnos en los errores y aciertos de nuestros actos y aprovecharnos de ellos:

<El tiempo sirve únicamente para la vida corporal. El ser espiritual del hombre está fuera del tiempo. Y está fuera del tiempo porque la actividad del ser espiritual se halla única y exclusivamente en el esfuerzo de la conciencia. Y el esfuerzo de la conciencia siempre se encuentra fuera del tiempo, porque siempre está sólo en el presente y el presente no tiene tiempo.>

<Es bueno recordar con frecuencia que nuestra vida verdadera no es únicamente exterior, corporal, como transcurre aquí, en la tierra, frente a nuestros ojos; sino que con esta vida poseemos también otra vida, interior, espiritual, que no ha tenido un principio y no tendrá un final.>

<La facultad de recordar el pasado y de imaginar el futuro nos es dada sólo para que, guiados por ésta o aquella consideración, podamos decidir más correctamente nuestras acciones en el presente, pero de ningún modo para que lamentemos el pasado o preparemos el futuro.>

Como el futuro no es cierto para nadie, nos invita a vivir con pasión y acertadamente cada minuto:

<Vive como si cada momento fuera a ser el último y sólo te fuese a dar tiempo de hacer lo realmente indispensable, y al mismo tiempo vive como si lo que estás haciendo fueses a hacerlo eternamente.>

<Contra los malos hábitos se puede luchar únicamente hoy; mañana no.> Confucio

Su ferviente fe  le hace confiar en un presente vivido virtuosamente, amando sin descanso; así puede hallarse a Dios. El amor pasado o futuro no existe.

<Sólo en el presente se manifiesta la fuerza libre y divina de la vida; por eso la actividad del presente debe poseer cualidades divinas, es decir, debe ser sensata y benéfica.>

<El amor es la manifestación de la esencia divina, para la cual no hay tiempo, y por eso el amor se manifiesta sólo en el presente, ahora, en todos los momentos del presente.>

<Saberte enfermo, estar preocupado por sanar, y lo más importante, pensar en que como ahora estoy enfermo no hago lo que debo, pero en cuanto me cure entonces lo haré, todo esto es una gran tentación. Es lo mismo que decir: no quiero lo que me ha sido dado, quiero lo que no tengo. Siempre es posible alegrarse de lo que se tiene en el momento  y hacer de lo que uno tiene (es decir, de las fuerzas que se tienen) todo lo que se pueda.>

Sabernos finitos debe empujarnos a vivir plenamente y sin demora. Debe ser una motivación para ello:

<Memento mori, ¡recuerda que morirás!, es una gran frase. Si recordáramos que inevitablemente moriremos, y pronto, nuestra vida sería completamente distinta. Si el hombre supiera que dentro de media hora morirá, seguramente en esa media hora no haría nada inútil o estúpido, ni, sobre todo, malo. ¿Y acaso el medio siglo que quizá te separa de la muerte no es esa misma media hora?>

Tolstói nos intenta enseñar que ningún proyecto es lo suficientemente importante si no llegamos nunca a conocer su final; las consecuencias de nuestros actos son infinitas. Por eso una vida espiritual de amor es lo único que importa, sólo de ella podemos confiar en el resultado; porque del bien sólo puede obtenerse el bien:

<Nunca podemos llegar a conocer todas las consecuencias de nuestros actos porque todas las consecuencias de nuestros actos son infinitas en el espacio infinito y el tiempo infinito.>

<Al vivir una vida espiritual, es decir, en comunión con Dios, el hombre, aunque no pueda conocer las consecuencias de sus actos, sabe con certeza que esas consecuencias serán buenas.>

Como comentaba al comienzo de la entrada, Tolstói se centra en este capítulo en el aprovechamiento del momento presente. Su faceta de hombre espiritual le hace concentrar sus esfuerzos en amar plenamente, en llevar una vida según los principios divinos para confiar en el resultado positivo de sua actos; en obtener una vida plena y real. Nadie puede negar, que el aprovechamiento de la vida es siempre beneficioso; si además hay amor en ella es además satisfactorio. Estar ocioso, lamentarse de las pérdidas morales o materiales, desear lo que no se tiene; nada de esto es constructivo ni fructífero. Pero, si viviéramos agradecidos por poder respirar un día más, seguramente nuestro baremo de felicidad cambiaría; la vida no nos atosigaría con amores pasados ni sueños incumplidos. Nada limita más la vida del ser humano que la prisa y el desencanto.

<Nos atormentamos con el pasado y nos echamos a perder el futuro sólo porque nos ocupamos poco del presente. El pasado ya se fue, el futuro no existe, lo único que existe es el presente.>

Hasta la próxima entrada, amigos.


Undine von Reinecke ♪

lunes, 20 de enero de 2020

DIARIO DE UNA LECTORA DE TOLSTÓI: EL CAMINO DE LA VIDA CON TOLSTÓI Y SELMA ANCIRA

Fuente: Undine von Reinecke


Sinopsis de la editorial
El camino de la vida sólo vio la luz en ruso en 1911, unos meses después de que Lev Tolstói falleciera en la estación ferroviaria de Astápovo. El libro, que había permanecido inédito en español, como un tesoro escondido, es la culminación de la obra moral del escritor y la expresión más completa de su pensamiento religioso: un destilado de máximas legadas por los sabios de todos los tiempos y de todas las tradiciones del mundo que le inspiraron sus propias reglas para el perfeccionamiento interior. Cada uno de los treinta y un capítulos que integran este volumen—uno por cada día del mes—conforman un singularísimo breviario espiritual destinado a «llevar una vida de bien» y contribuir así a la realización de una aspiración tan antigua como irrenunciable: la convivencia pacífica entre los individuos y los pueblos.

20 de enero de 2020

Decía  Shaquille O’Neal, gran jugador de baloncesto de la NBA: “La excelencia no es un acto de un día, sino un hábito. Tú eres lo que repites en muchas ocasiones”. Algo así es lo que viene hoy a contarnos Lev Tolstói en el capítulo dedicado al esfuerzo, pero llevado a lo espiritual y a la consecución de la armonía para la sociedad.

Ha sido un capítulo breve, coherente con su filosofía y dirigido a todos los hombres sin exclusión alguna. Escrito casi como una prescripción médica con indicaciones a seguir. Lectura pacífica y agradable la de hoy. 


Capítulo XX: El esfuerzo


<Los pecados, las tentaciones, las supersticiones interceptan el alma y se la ocultan al hombre. Para que el hombre pueda descubrir su alma, debe realizar esfuerzos de conciencia. En estos esfuerzos de la conciencia radica el cometido principal de la vida del hombre.>

Sabemos que Tolstói era un verdadero creyente en Cristo y por ello, siempre se refiere a las faltas del individuo como pecados. Pero estoy segura que la ética, para los que no son creyentes, aplica las mismas máximas de perfeccionamiento para el hombre individual; para que sea un ser válido para sí mismo y en sociedad. Evidentemente, todo ello conlleva un esfuerzo:

<La abnegación libera a los hombres de los pecados, la humildad de las tentaciones, la verdad de las supersticiones. Pero para que el hombre pueda renunciar a los deseos carnales, humillarse frente a las tentaciones del orgullo y controlar con la razón las supersticiones que lo desorientan, debe hacer esfuerzos. Sólo con el esfuerzo de su conciencia el hombre puede liberarse de los pecados, las tentaciones y las supersticiones que lo privan de la felicidad.>

Ya hemos hablado que hubo un momento en la vida de Tolstói en que algo le fue revelado interiormente, quiso convertirse en un hombre mejor. Buscó un camino a seguir y una meta dónde llegar, convertirse en un hombre mejor de lo que era; llegó a la conclusión de dedicar sus esfuerzos a mejorar su alma:

<El cometido principal de la vida consiste en volverse cada vez mejor, y sólo mediante el esfuerzo se puede ser mejor.Cualquiera sabe que sin esfuerzo no se consigue nada en el trabajo físico. Es necesario entender que en el cometido principal de la vida, en la vida espiritual, tampoco se consigue nada sin esfuerzo.>

Ya hemos dicho que cree en el esfuerzo para mejorar, pero en absoluto en sacrificios que no tengan nada que ver con perfeccionar la vida espiritual. Las pautas se las marca la palabra de Dios:

<Las personas a menudo piensan que para ser verdaderos cristianos hay que realizar actos extraordinarios, excepcionales. Eso no es cierto. El Cristianismo no necesita de actos extraordinarios, excepcionales, sólo necesita de ese esfuerzo continuado del espíritu, que lo libera de los pecados, las tentaciones y las supersticiones.>

<Yo soy el instrumento con el que Dios trabaja. Mi bienestar verdadero consiste únicamente en participar en Su trabajo. Pero puedo participar en él sólo mediante los esfuerzos de mi conciencia por conservar siempre limpio y afilado ese instrumento que Dios me encomendó: mi ser, mi alma.>

Lo primero que Tolstói indica es dominar la lujuria, un pecado que debió preocuparle bastante, pues lo reitera muchas veces en capítulos anteriores de El camino de la vida. Por otro lado, tengo la sensación, que se refiere a la vida matrimonial tanto como a la lujuria fuera del matrimonio. Pretende volverse más espiritual y llevar una vida menos terrenal:

<Para el hombre, lo más preciado en la vida es ser libre, vivir según su voluntad y no según la voluntad de otro. Con el fin de vivir para el alma, el hombre debe dominar la lujuria del cuerpo.>

<Tenemos la impresión de que el verdadero trabajo sólo es aquel que se ve-construir una casa, arar un campo, dar de comer al ganado…- y de que trabajar en nuestra alma, en algo invisible, no es un asunto importante, se puede hacer y se puede no hacer. Cuando en realidad, cualquier trabajo que no sea cultivar el alma, esforzarnos por ser cada día más espirituales y amar más, es un trabajo que no vale la pena. Sólo este trabajo es verdadero, y todos los demás trabajos son útiles únicamente cuando este trabajo principal de la vida se lleva a cabo.>

Cree en el esfuerzo, pero tolera la imperfección si el individuo se esfuerza día a día por mejorar, por seguir las pautas de Cristo que son el “verdadero camino”. En eso radica la felicidad:

<”Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mateo 5, 48), se dice en el Evangelio. Esto no significa que Cristo ordene al  hombre ser tan perfecto como Dios, sino que todo hombre debe hacer esfuerzos de conciencia por acercarse a la perfección. Dios es la perfección absoluta. El hombre debe acercarse a esta perfección y en dicho acercamiento es en lo que consiste la vida del hombre.>

<Lessing  decía que no es la verdad la que da alegría al hombre, sino el esfuerzo que éste hace para alcanzarla. Lo mismo se puede decir de la virtud: la alegría que da la virtud está en el esfuerzo que hacemos para alcanzarla.>

Por otro lado, nos habla de que el individuo tiende a ser bueno cuando se esfuerza por serlo, tiene que tener constancia en el intento y acostumbrarse a hacer el bien absolutamente a todos los seres vivos. Tener conciencia absoluta de hacer lo correcto, y reprocharse cualquier fallo. Finalmente, pide al individuo que sea autosuficiente, y le asegura que en esa autonomía para alcanzar el bien reside la felicidad:

<Que el hombre haga el bien únicamente porque está acostumbrado a hacerlo no quiere decir que lleve una vida de bien. Una vida de bien comienza cuando el hombre hace un esfuerzo para ser bueno.>

<Para que la vida no sea una aflicción, sino una alegría continua, uno debe ser siempre bueno con todos, personas y animales. Y para ser siempre bueno, hay que adquirir la costumbre de serlo. Y para adquirir la costumbre de serlo, uno debe reprocharse cualquier mala acción que cometa.Si lo haces así, pronto te acostumbrarás a ser bueno con todas las personas y los animales. Y si te acostumbras a la bondad, siempre habrá alegría en tu corazón.>

< ¡Qué gran error es pedir a Dios o incluso a los hombres que me saquen de la mala situación en la que me encuentro! El hombre no necesita la ayuda de nadie; no necesita tampoco salir de la situación en la que se encuentra; sólo necesita una cosa: realizarla él mismo un esfuerzo de conciencia para librarse de los pecados, de las tentaciones y de las supersticiones. Sólo en la medida en que el hombre se libere de los pecados, las tentaciones y las supersticiones, cambiará y mejorará su situación.>

Nos encontramos ahora con una preocupación que le marcó la vida, la sociedad. Él afirma que si cada individuo intenta mejorarse a sí mismo, el conjunto de la sociedad mejorará. Declara también, que si los hombres consideran que sus vidas son malas, ello es debido a la maldad que convive entre ellos y que, si todos los individuos se pusieran de acuerdo en mejorar las cosas cambiarían. No se debe esperar que las cosas prosperen si cada hombre no comienza el cambio hacia la perfección; una mudanza que es dura, lenta y requiere siempre de esfuerzo:

<Si te das cuenta de que la organización de la sociedad es mala y quieres corregirla, sabe que sólo hay un medio para hacerlo: que cada uno de los seres humanos se vuelva mejor. Y para ello, para que todas las personas se vuelvan mejores, no tienes en tu poder más que una posibilidad; volverte mejor tú mismo.>

<Nuestra vida es mala. ¿Por qué?Porque las personas viven mal. Y las personas viven mal porque son malas. De manera que para que la vida deje de ser mala, hay que transformar a la gente de mala a buena. ¿Cómo hacer esto? Nadie puede transformar a todo el mundo, pero cada uno puede transformarse a sí mismo. En un principio parece una situación sin salida porque, ¿qué es un hombre frente a todos? Pero lo que sucede es que todos se quejan de la vida mala. De manera que si todos entendieran que la vida mala viene de malas personas, y todos entendieran que cada uno, aunque no pueda corregir a los otros, puede corregirse a sí mismo, es decir, dejar de ser malo para ser bueno, y comenzara a enmendarse, de inmediato toda la vida se volvería mejor.De manera que la vida mala depende de nosotros, y de nosotros depende que se vuelva buena.>

<No sólo no esperes un éxito rápido, no esperes ningún éxito visible a tus esfuerzos por hacer el bien. No verás los frutos de tus esfuerzos porque, igual que tú has avanzado, la perfección a la que aspiras también ha avanzado. El esfuerzo de la conciencia no es un medio para obtener la felicidad; es el propio esfuerzo de la conciencia el que da la felicidad.>

Como comentaba al comienzo de la entrada de hoy, ha sido un capítulo breve, algo repetitivo, pero coherente. Habla desde su punto de vista cristiano, pero en definitiva sus palabras son sensatas y se dirigen a todas las personas que desean una vida armoniosa, que creen en la superación personal y en el amor. Superarse a uno mismo nunca hizo mal a nadie, de ello dan fe los grandes personajes que hicieron y hacen historia: deportistas, artistas, misioneros, carpinteros, etcétera. Si ese esfuerzo  individual y conjunto lo dirigimos a conseguir un mundo mejor, estaremos más cerca de llegar a la meta de “ese camino” del que nos habla Tolstói. Da igual que se sea cristiano, budista o no se profese ninguna fe. Aunque para él, indiscutiblemente, esa meta se encuentra en el reino de Dios:

<El reino de Dios se conquista con la fuerza. Esto quiere decir que, para librarse del mal y ser bueno, hace falta un esfuerzo. El esfuerzo es necesario para abstenerse del mal. Abstente del mal y harás el bien, porque el alma humana ama el bien y lo hace sólo cuando se encuentra libre del mal.>

Hasta la próxima entrada, amigos.


Undine von Reinecke ♪



Vladimir Ashkenazy plays Rachmaninoff Zdes khorosho Op.21 No.7

(It's peaceful here)