miércoles, 3 de junio de 2020

RESEÑA: "EL BRAZALETE DE GRANATES", ALEKSANDR KUPRÍN


Fuente: Undine von Reinecke


Ficha Técnica:

Traducción: Marta Rebón

Editorial: Ediciones Invisibles

Colección: Pequeños placeres

Número de la colección: 6

Fecha de publicación: 25 mayo 2020

ISBN: 978-84-121000-3-7

Formato: 11,5 x 18

Páginas: 144

Encuadernación: rústica con solapas

PVP: 14.00 €

 

Sinopsis de la Editorial:

Desde hace un tiempo la princesa Vera recibe apasionadas cartas de amor de un hombre misterioso. Hasta el momento, no parece que deba inquietarse por ello. Sin embargo, de pronto el enamorado secreto da un paso más: el día del santo de la princesa le manda un brazalete de granates.

 

¿Quién es él y qué espera de la princesa? ¿Se trata de un loco o simplemente de un ferviente admirador que, en su arrebato pasional, ha perdido el sentido de la prudencia? Y, yendo todavía más allá, ¿existe eso que el enamorado misterioso llama «el amor verdadero», una pasión tan arrebatadora que solo aparece una vez cada mil años?

 


Propuesta musical para este Libro:


 Beethoven: Sonata Nº 2 in A major Op. 2-II Largo Appassionato



Lo que Undine piensa del libro:



<El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos.> Oscar Wilde
 

La capacidad para recomponerse del ser humano es admirable, y dispone de la memoria para ayudarle. Quién en estos días tan difíciles y extraños  no  ha echado mano de sus mejores recuerdos para encontrar la deseada estabilidad: aquel amigo de la infancia, el triunfo en los estudios o el trabajo, aquel primer amor...Cada persona sabe a lo que recurrir para encontrar su  rincón de felicidad.

Pero, si hay algo que tengan en común nuestros recuerdos es la presencia de la música en ellos. Es difícil no encontrar un momento en nuestras vidas que no esté asociado a una melodía: una canción romántica, que nos recuerda el primer beso; un ritmo alegre, que nos hizo bailar un mágico verano; la pieza clásica maravillosa que escuchamos en algún lugar, y que nos cautivó de tal manera, que no paramos de buscar hasta identificarla. De este modo me enamoré yo de la música de Beethoven, un compositor al que admiraba desde muy niña por sus famosas obras, pero al que empecé a conocer de verdad gracias a Billy Joel y a su canción This night.

Escuché por primera vez This night a los quince años, cuando mi mejor amiga y yo cotilleábamos en la colección de discos de su hermano. Por aquel entonces, yo no sabía que aquella melodía estaba basada en el segundo maravilloso movimiento de una sonata para piano del compositor alemán. De ello me enteré casualmente años más tarde en una sesión de cine, escuchando la melodía  clásica que sonaba en el hilo musical de la sala, la cual me recordaba terriblemente a la canción de Billy Joel. Pregunté a mis amigos si conocían lo que estábamos escuchando, y alguien respondió que una sonata de Beethoven. Desde aquel día no paré de investigar, me fui comprando poco a poco los CD’s de las sonatas del famoso compositor, las cuales escuchaba nada más llegar a casa. Pero antes de terminar la colección la suerte quiso que viera una película, Amor inmortal (1994), cuya BSO incluía el segundo movimiento de la Sonata para piano n.º 8 en do menor, op. 13  de Ludwig van Beethoven, conocida como Sonata Pathétique. ¡Era la pieza que estaba buscando! Mi investigación había concluido, pero mi idilio con el músico no hacía más que comenzar, porque desde aquel momento sus composiciones han formado parte de la banda sonora de mi vida. Este 2020 está considerado el año Beethoven, por cumplirse el 250 aniversario de su nacimiento. Múltiples festejos en su nombre estaban programados, pero las fatídicas circunstancias actuales han impedido que así sea, frustrando las ilusiones de músicos y melómanos de todo el mundo.

Por ese motivo, cuando Ediciones Invisibles anunció la publicación de un título que comenzaba con un Largo Appassionato del gran compositor, todas aquellas emociones iniciales hacia aquel segundo movimiento de la Pathétique afloraron, y no dudé que se me había dado la oportunidad de hacer mi personal homenaje al gran alemán. Compositor, último suspiro del clasicismo y llave del romanticismo, que fue inspiración para el escritor ruso Aleksandr Kuprín el cual escribiría un precioso relato, El brazalete de granates, basando conceptualmente el argumento de la historia en torno a una de las sonatas para piano de Beethoven. Con ella abre el relato:



<Ludwig van Beethoven

Sonata para piano nº2, opus 2, nº 2

“Largo appassionato”>

 

<A mediados de agosto, antes de la luna nueva, de pronto arreció uno de esos horribles temporales tan característicos de la costa norte del mar Negro. Noche y día, se extendía pesadamente sobre la tierra y el mar una densa niebla, de modo que la enorme sirena del faro ululaba sin cesar, como un toro furioso. Caía una llovizna incesante de la mañana a la mañana, fina como el polvo de agua, que convertía los caminos y senderos de arcilla en un espeso y uniforme lodazal donde las carretas y los carruajes se quedaban largo tiempo encallados. Luego, desde la estepa, en el noroeste, empezó a soplar un feroz huracán; ante sus embates, las copas de los árboles se balanceaban y se mecían arriba y abajo como las olas durante una tormenta, y retumbaban los tejados de hierro de las dachas, como si alguien corriera sobre ellos con unas botas pesadas; los marcos de las ventanas temblaban, las puertas se cerraban de golpe y un aullido salvaje salía de las chimeneas. Varios barcos pesqueros se extraviaron en el mar, y dos de ellos no regresaron; no fue hasta al cabo de una semana cuando el mar arrojó, a diferentes puntos de la costa, los cadáveres de los pescadores.>
 

Con esta introducción tan dramática y expresionista, que podría protagonizar una exposición de estampas paisajísticas del romanticismo más exacerbado, nos sitúa Aleksandr  Kuprín en el lugar que comienza su historia. Presagiando tormentosos acontecimientos venideros. 

Nos encontramos a finales del verano en la costa norte del mar Negro. Las inclemencias del tiempo han dejado un panorama de desolación en el paisaje, ocasionando múltiples desastres a su paso. Consiguiendo con ello que todos los veraneantes huyan despavoridos a sus hogares invernales en la ciudad antes de finalizar la estación estival. Todos menos una dama, se trata de la heroína de nuestro relato, la princesa Vera Nikoláievna Sheina, esposa de un mariscal de la nobleza, que goza de muy buena posición social, pero cuyo coste de vida no puede mantener; un hombre al que aprecia y cuida como a un amigo más que como amante esposo. La princesa, que se ve imposibilitada a viajar a su casa por encontrarse ésta en obras, debe quedarse en su residencia veraniega pese a las inclemencias del tiempo. Pero la suerte está de su lado, puesto que el clima vuelve a ser misericordioso comenzando septiembre, coincidiendo con la celebración de su santo. Muy animada por la organización de los festejos de su onomástica, puesto que los invitados serán pocos y el coste de la celebración no será caro. Decide invitar a sus hermanos y a los amigos más íntimos.

Llegado el día de la fiesta, una cabalgata de personajes salidos de los anales de la historia rusa, y de sus salones de sociedad, se acercan a celebrar el día especial de la princesa Vera. Entre risas y conversaciones varias trascurre la velada de un acentuado carácter banal: cena, conversación, juego de cartas y mucha hilaridad superficial. Hasta que la recepción es discretamente interrumpida por una criada que anuncia la llegada de un mensajero con un paquete para su señora. La princesa muy intrigada se dirige a sus aposentos para comprobar de qué se trata, aunque tiene ciertas sospechas de la procedencia. Cuando Vera abre el regalo, descubre que se trata de un objeto de cuestionable buen gusto: un brazalete de oro con unos curiosos rubíes engarzados, una joya a la que acompaña una carta dando explicación del presente. Al leer el mensaje descubre que el regalo procede de un antiguo enamorado del que recibía cartas antes de su matrimonio, un hombre al que nunca conoció. Después de mucho tiempo sin saber de él, su devoto enamorado le pide que acepte ese regalo tan sólo como muestra de su amor y devoción. Vera, entre asustada e indignada por el atrevimiento del desconocido, decide consultar a su esposo y a su hermano cómo proceder en este caso, pues el temor a hacer el ridículo o a algo peor la invade. Pero antes de poder hacerlo, el general Anósov, un anciano muy querido por Vera, teorizará con ella sobre la verdad del amor. ¿Cómo afectarán estas palabras en la conciencia de la princesa?


El brazalete de granates es un bellísimo y bucólico relato que narra una trágica historia de amor. Un texto filosófico y artísticamente romántico, donde su autor analiza este sentimiento con apasionado fervor.


<El amor tiene que ser una tragedia. ¡El mayor misterio del mundo! Ningún bien material, ningún cálculo o ningún compromiso debería alterarlo.>


Un tratado que cuestiona el matrimonio y las razones que llevan a hombres y mujeres a unir sus vidas para siempre, sin prestar verdadera atención a la emoción en favor de lo prosaico. Un canto desesperado por encontrar respuestas a una vida vacía y superficial donde la rutina y la costumbre no dejan entrar la luz de la verdadera felicidad emocional e intelectual.


 < ¿Dónde está, el amor? ¿Un amor desinteresado, lleno de sacrificio, sin esperar recompensa alguna? ¿Ese sobre el que se dice "que ni la muerte puede separar"? ¿Sabes a cuál me refiero? ¿Ese amor por el que harías cualquier cosa, por el que darías la vida o te condenarías al tormento, que más que un esfuerzo es un motivo de alegría?>


Una fábula de preciosista factura y rico lenguaje, donde el protagonismo que adquieren las abundantes descripciones ayuda al lector a conectar con la profundidad de significado del texto. Pudiendo considerar esta breve novela como un original ensayo sobre lo moral, donde lo pictórico y lo musical adquieren vida propia y participan como una figura más en la historia.

Un bello y apasionante relato plagado de personajes tan interesantes como literarios, símbolos de una Rusia ya caduca a punto de desaparecer: petimetres, militares,  aristócratas, etc. Ellos son soporte para la atmósfera que Aleksandr Kuprín quiere crear. Gracias a ellos consigue satirizar esa sociedad banal, superficial y falta de valores sólidos en los que creer, propia de las civilizaciones a punto de fenecer.


<(...) un rico joven mundano, holgazán y juerguista llamado Vasiuchok, a quien todo el mundo conocía por ese apelativo afectuoso, muy apreciado en sociedad por su talento para cantar y recitar, así como para improvisar tableaux vivants, espectáculos y mercadillos benéficos; (...)>


En contrapunto encontramos a dos interesantes figuras, dos héroes románticos de leyenda: el general Anósov, que representa la conciencia lúcida y moral, apoyada en la experiencia; y el amante en la sombra de la princesa, símbolo de la pureza y del quimérico amor desinteresado. Ambos, cada uno en su faceta, simbolizan las virtudes a las que el gran poeta Pushkin cantara, y que representan lo mejor de la cultura rusa. A éste último, el padre de las letras rusas, rinde su pequeño momento de gloria Kuprín adjudicándole  dotes de mártir, clara referencia a la desaparición de ese mundo de romántica virtud al que quiere elogiar.


<Vera recordó que había visto la misma expresión de calma en las máscaras mortuorias de dos grandes mártires: Pushkin y Napoleón.>
 

Curioso esa comparación entre Pushkin y Napoleón, ¿verdad? Pero no es de extrañar, muchos fueron los artistas que admiraron las dotes de liderazgo del general francés, a quien vieron como emblema de libertad. Y Aleksandr Kuprín, como militar que fue, además de literato, no pudo verse libre de este influjo. Un hechizo que alcanzó también al gran compositor de la pieza musical con la que da inicio este relato, Ludwig van Beethoven. Un personaje histórico con el que el escritor guarda más de una conexión, puesto que la niñez de ambos no fue fácil, y ya se sabe cuánto afecta esto a la vida emocional. No es de extrañar que Kuprín se viera identificado con la obra del maestro de Bonn.

Os preguntaréis, ¿qué relevancia tiene esta sonata para piano en el relato? ¡Cómo explicarlo sin desvelar el gran misterio romántico que guarda esta historia! Tan sólo puedo decir que quienes tengan el acierto de escuchar este Largo Appassionato mientras leen la novela, comprenderán. Ya que, el carácter intimista y reflexivo de esta pieza, su ritmo lento y el cuidado con el que se detiene en cada nota dejan entrever el hilo de pensamiento de quienes la comparten, desvelando sus más íntimos y apasionados sentimientos. Algo así como una revelación, la misma que recibiera la princesa Vera Nikoláievna Sheina al escucharla. Haciendo con ello de El brazalete de granates un grandioso tributo filosófico a la música de Beethoven.

Escritores, músicos, pintores, cineastas... creativos de todos los tiempos se han visto atraídos durante doscientos cincuenta años por su sentimiento e intimismo y han querido evocar esa atmósfera que tanto emociona. Pero nadie como Aleksadr Kuprín ha conseguido hasta la fecha trasmitir el alma e intelecto de Ludwing van Beethoven con tanta emoción y clarividencia como en su relato. Reafirmando con él el mágico axioma del compositor.

 

<La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía.> Ludwing van Beethoven

 


Undine von Reinecke ♪

 

 

El autor por la Editorial:


Alexandr Kuprín

(Penza,1870- Leningrado, 1938). Tuvo una vida como la de tantos otros escritores rusos de su época: empezó la carrera militar, pero la abandonó para dedicarse de lleno a la literatura. A principios del siglo XX le llegaron sus primeros éxitos, pero con el estallido de la Revolución, a cuyos principios no era afín, decidió exiliarse en Francia, donde la nostalgia lo llevó al alcoholismo. Cuando volvió a Rusia, era la sombra de lo que había sido. El brazalete de granates (1911) es su relato más conocido y también el más querido por los lectores rusos.

 

El Beethoven de Undine:

Comentaba al comienzo de esta reseña que desde niña admiraba al compositor de Bonn. Es difícil no hacerlo cuando se ha crecido escuchando su música por todas partes. Las primeras piezas que conocí son tan famosas que mencionarlas resulta reiterativo. Por eso, tan sólo haré referencia de las obras que me mencioné comenzando esta entrada, y alguna más de gran significado para mí. Os dejo los vídeos para que podáis escucharlas, junto con la canción de Billy joel a la que debo mi pasión por la música de Beethoven. 

Beethoven Sonata Pathetique- 2º mvt Adaggio Cantabile (Daniel baremboin)


Esta que habéis escuchado era la pieza de Beethoven que busqué desesperadamente y en la que se basó Billy Joel para su canción.

This night, Billy Joel 


5th Piano Concerto "Emperor" 

(no dejéis de escuchar el adagio del concierto, es algo sublime)




Podría seguir poniendo piezas musicales eternamente, pero no es la ocasión. Os invito a escuchar la integral de las sinfonías, como también sus cuartetos de cuerda, que son algo especial. Pero, especialmente os animo a que exploréis en el repertorio de este gran compositor, porque hallaréis la emoción hecha música. 


 

Fuentes de información:

Biografía de Alexander Kuprín por Biografías y vida

http://cmas.siu.buap.mx/portal_pprd/work/sites/filosofia/resources/PDFContent/760/017.pdf

 

 


miércoles, 27 de mayo de 2020

RESEÑA: "LAS CUATRO GRACIAS", D. E. STEVENSON




Fuente: Undine von Reinecke


Ficha Técnica:

Colección: Rara avis 

Número colección: 22

Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Encuadernación: Rústica

ISBN: 9788490650790                                                   

Páginas: 312

Precio: 20€


Sinopsis de la Editorial:

Aunque la señorita Buncle, ya señora Abbott, solo hace una mínima aparición aquí en la boda de Archie y Jane, al principio de la novela, Las cuatro Gracias (1946) prosigue el ciclo de Wandlebury con la habitual desenvoltura, ingenio y dotes de observación de D. E. Stevenson. Ahora la autora centra su atención en el señor Grace, el vicario de Chevis Green, un pueblecito cercano a Wandlebury, y en sus cuatro hijas: Liz, Sal, Tilly y Addie. Éstas tienen cada una su carácter, pero comparten «una forma de pensar especial, de sombrerero loco, rápida, intuitiva y ligeramente ilógica». Juntos, padre e hijas deben hacer frente a las circunstancias de la Segunda Guerra Mundial y a todos los cambios que se han precipitado en su apacible comunidad. Entre ellos, la presencia de una tía imperiosa que huye de los bombardeos de Londres, las visitas de un joven capitán enamoradizo, las incursiones de un patoso arqueólogo en busca de restos romanos y las vicisitudes de un niño refugiado.

 

Esta nueva galería de personajes compone la atmósfera minuciosa que ya sabemos que se respira en los hogares descritos por D. E. Stevenson… sin olvidar que, como se dice en el prólogo escrito por la autora, «hasta las mejores personas guardan un murciélago en el campanario».

 


Propuestas musical para este libro:





Lo que Undine piensa del libro:


Armonía: Proporción y correspondencia de unas cosas con otras en el conjunto que componen.
 

Esta es la tercera acepción que el diccionario de la lengua española da a una de las palabras con más bello significado de nuestro idioma. Un vocablo que utilizamos de manera positiva siempre que queremos expresar equilibrio, belleza y paz en nuestro entorno...Armonía, ¡cuánto  te necesitamos hoy!

Conocí a D. E. Stevenson en 2012, cuando la editorial Alba la publicó por primera vez en su colección Rara Avis, publicitando su novela, El libro de la señorita Buncle, como “el Cranford de los años treinta. Palabras mágicas para mí, puesto que aludían a dos  de mis pasiones como lectora: Elizabeth Gaskell y la época entreguerras. Nada podía impedir que me zambullera de lleno en su lectura, de modo que me dispuse a conocer a esta autora, sobrina segunda del gran escritor escocés Robert Louis Stevenson, de la que se decía que había escrito toda una saga de novelas entorno a una localidad de Inglaterra, Wanderbury, donde situaba sus historias y daba vida a un compendio de personajes sencillos y comunes, que representaban el arquetipo de comunidad campestre de la Inglaterra de su época. Algo así como hiciera el gran Anthony Trollope en sus Crónicas de Barsetshire, pero con un tono más desenfadado y con la problemática del siglo XX.

Lo que me encontré en este primer contacto con la autora, fue una divertidísima comedia romántica, de aguda inteligencia y sutil humor, que me hizo pasar ratos tan hilarantes, que me era francamente difícil contener la risa en público cuando estaba leyendo, contagiando a quienes estaban a mi lado. La experiencia fue tan divertida y asombrosa, que no dudé en años sucesivos en leer los dos siguientes títulos de la saga: El matrimonio de la señorita Buncle (2013) y Las dos señoras Abbott (2014). Dos novelas que me gustaron mucho también, pero que no llegaron a impactarme tanto como el primer libro del ciclo de Wanderbury. Y por ese motivo, cuando en 2015 la editorial anunciaba la publicación de la cuarta entrega, Las cuatro gracias, decidí comprarla y dejarla descansar en mi biblioteca personal hasta que le llegara el momento adecuado para poder disfrutarla plenamente. Y ahí ha estado durante cinco años, esperando que mi caprichosa manera de elegir lectura reparara en su lomo. Hoy por fin puedo decir que he disfrutado de toda la producción traducida de D. E. Stevenson, incluida Villa Vitoria (2016), con plena satisfacción.

No me gustan las despedidas, desde que era niña ha sido así. Separarme de las personas a las que quiero y de los lugares donde he sido feliz es casi un drama para mí. Lo mismo me sucede con el mundo de los libros, con el que llego a igual grado de intimidad. Por ese motivo, hoy escribo esta entrada con sentimientos enfrentados: la tristeza que me ocasiona decir adiós a la obra de D. E. Stevenson, y un cierto estado de armonía, al cual muchos denominarían felicidad, que fue apoderándose de mí mientras leía Las cuatro Gracias. Hoy quiero traer hasta vosotros esa sensación de bienestar. La novela comienza así:


<"La voz que insufló el Edén,

Aquel primer día de boda,

Es voz no ha perecido."

 

Matilda Grace cantaba la letra para sí mientras tocaba el órgano. Le gustaba tocar el órgano en la iglesia de su padre: en primer lugar, porque conocía muy bien el instrumento (era un amigo de toda la vida, con todas las faltas e inconvenientes de los temperamentos artísticos); en segundo, porque disfrutaba con la música en todas sus formas; y en tercero -¿por qué no reconocerlo?- , porque era realmente muy divertido ver a todo el mundo sin que la vieran a una. Esta característica propia de los dioses se debía a que la galería del órgano estaba en un nivel más alto y aislada del conjunto de la iglesia por una reja de hierro forjado; dicha reja, aunque no fuera la solución idónea, era una obra de artesanía tan bonita –adornada con hojas de parra y delicados zarcillos- que nadie tenía el valor de pedir que la retirasen. A Matilda Grace le gustaba; era muy tímida y le habría resultado sumamente incómodo encontrarse ahí arriba a la vista de la totalidad de la congregación. La reja le infundía seguridad porque la ocultaba a los ojos de todos; casi se imaginaba que ni siquiera la oían –casi, pero no del todo-, detalle muy importante, porque ahora, en ausencia del señor Carruthers, que estaba en el Lejano Oriente presentando servicio en el ejército de su majestad la reina, era ella la organista oficial de Saint James.>


Nos encontramos en Saint James, la iglesia de Chevis Green, un pueblecito cercano a Wandlebury en plena Segunda Guerra Mundial. En el momento que comienza nuestra historia, Matilda Grace observa desde el coro a los asistentes a la boda de Archie Cobbe, el heredero de Chevis Place, la propiedad más importante de la comarca. A la ceremonia han asistido todos los vecinos de la población y los miembros del ejército acampado en las inmediaciones. Los invitados son los personajes más importantes de la comarca, entre los que se encuentran la familia del vicario que oficia la ceremonia, el señor Grace, padre de Matilda y de tres jóvenes y bonitas muchachas más: Elizabeth, Sarah y Adeline. 

Justo antes de tocar la marcha nupcial, Matilda observa como un joven capitán del ejército inglés vigila desde su banco a sus tres hermanas. La belleza de las chicas es tan singular, que Matilda no duda de las intenciones del militar y pone en alerta todos sus sentidos, pues teme por la paz en su hogar. Terminada la ceremonia, los invitados al banquete inician su marcha hacia Chevis Places, pero Matilda que descuidadamente ha manchado su vestido de ceremonia, decide no asistir y se encamina hacia la vicaría para tomar a solas su té. Pero en el corto trayecto que lleva a su casa se topa con una peculiar mujer, la señorita Marks, con la que congenia y decide invitarla a tomar el té con ella. Tras haber pasado un rato interesante, la invitada se retira a su casa, pero en un descuido se olvida el paraguas. Este hecho dará lugar a que el capitán Roderick Herd (recordémosle de la boda) tenga varias excusas para presentarse allí. Aunque dichos pretextos no le hagan falta, porque muy sagazmente ya se había fabricado una coartada para visitar la vicaría y de paso a las chicas Graces, pues se cameló al vicario para que le invitara a almorzar con la familia, bajo pretexto de querer observar concienzudamente el rosetón de la iglesia. 

La osadía del militar, aparentemente todo un "Casanova", no pasa desapercibida por los miembros de la familia y será recibida por cada una de las jóvenes con diferente percepción: una se verá como el objeto de su deseo, otra lo percibirá como un trasgresor de la paz, la tercera no querrá escuchar a su corazón enamorado y la cuarta no sabrá nada del asunto, puesto que su misión como miembro de la W.A.A.F. la mantiene ejerciendo su servicio en Londres, pero ella será sin saberlo la causante del caos en su hogar. ¿Conseguirá el capitán Herd su objetivo? ¿Será el vínculo que une a las hermanas Graces capaz de superar los caprichos del corazón?

Y entre tanto trabajo para Cupido, la vida de la vicaría sigue su ritmo con la problemática habitual, que en tiempos de guerra se ve incrementada: servir de consuelo al que padece, ayudar a la concordia entre vecinos, intervenir en los problemas personales de quienes lo solicitan, atender las necesidades materiales de los más desfavorecidos y también, por qué no, ser el centro neurálgico de la vida social de Chevis Green; servir concienzudamente a los feligreses es la digna misión que tanto el viudo señor Grace como sus hijas tienen como lema de vida. Y todo marcha relativamente bien para la familia Grace, la armonía parece reinar en la vicaría, hasta que en un corto espacio de tiempo reciben en su hogar a dos huéspedes inesperados, que vendrán a enredar más aún la vida sentimental de la familia Grace, vicario incluido.


Las cuatro gracias es una amable comedia romántica ambientada en tiempos de guerra. Una divertida crónica campestre que refleja la vida que llevaban las gentes inglesas en las pequeñas poblaciones de la nación durante la Segunda Guerra mundial. Por ella pasan multitud de personajes típicos de la novela inglesa de todos los tiempos: el hacendado, el pastor anglicano, el intelectual, la solterona impertinente, las señoritas casaderas, el servicio, etc. Pero también hacen su aparición otras figuras que surgieron a raíz de la guerra, personas que tuvieron que cambiar su forma de vida a consecuencia de las necesidades de la contienda: la señorita de buena familia que debe trabajar el campo, en ausencia de los hombres que viajaron a la guerra con el ejército; el militar forastero acampado en la zona, a la espera de un destino en el frente; el niño refugiado en una familia del campo, que escapa de los bombardeos de Londres dejando su familia atrás; la señorita que sirve en el recién creado ejército femenino, y que da servicio a las Fuerzas Aéreas, etc. Personajes que fueron un distintivo de la Inglaterra en guerra y de las que la nación siempre se enorgulleció, haciendo de ellos el distintivo de su éxito en el camino hacia la victoria

D. E. Stevenson construye con todos estos elementos una sólida trama llena de divertidos momentos, en los que cada personaje tiene su minuto de gloria, luciendo su caricaturesca personalidad con esplendor. De este modo, y con mucho respeto, la autora se declara fiel seguidora de la novela británica femenina, representada por la maravillosa Jane Austen, a quien se la menciona numerosas veces en el libro.


<Estaba leyendo Emma, uno de sus predilectos, en parte porque le parecía que Chevis Green era una versión moderna de Highbury. En Chevis Green también había una señora Bates...o, al menos, una que se le parecía mucho, y también un señor Woodhouse; seguramente en los pueblos de Inglaterra abundan esa clase de personajes.>
 

Pero, Las cuatro Gracias no es sólo una novela costumbrista más, es también un texto amigo donde los lectores pueden encontrar esa conexión de lo humano con lo literario. Una explicación en forma de palabras al por qué de la literatura, que ahonda en lo más íntimo y puro del ser humano.


<-¡Le interesan las personas! –exclamó Tilly, sorprendida por semejante alarde de memoria.

-¿Hay algo más interesante?

-Algunos prefieren los libros o...o las cosas.

-los libros son personas –replicó la señorita Marks con una sonrisa-. En cualquier libro que valga la pena, el autor sale al encuentro del lector y se pone en contacto con él. Le habla con toda confianza y le revela sus pensamientos.>


Esta novela publicada por vez primera en 1946, finalizada ya la Segunda Guerra Mundial, es el compendio de reflexiones de su autora sobre las pequeñas y grandes debilidades que acometen al individuo en momentos de crisis y necesidad. Un ensayo de lo moral y lo humano que no pretende aleccionar sino justificar y apaciguar de las conciencias maltrechas por las vicisitudes de la guerra, que hacen de las personas víctimas de sus propias convicciones.


<Con conciencia de ser indeciblemente egoísta y por no dejar sin cena a sus hermanas y a su padre, se resistió a seguir su bondadoso impulso natural y no regaló el pescado a la señora Bouse, que tenía un niño delicado de salud, ni a la señora Feather, cuya madre acababa de sufrir una operación. “He sido madrugadora –se dijo, para acallar la conciencia-. Podían haber venido antes, ¿no? He tenido que hacer cuarenta minutos de cola, así que...” “Pero a lo mejor no han podido venir antes”, le dijo todavía la conciencia en voz baja.>


Con todo y con ello, Las cuatro gracias es por encima de todo una invocación a la esperanza, a la reconstrucción de las personas, de las familias, de la sociedad. Hoy por hoy, su mensaje resulta tan  actual  como universal. Porque aunque la autora centrara su mirada en el corazón de Inglaterra su legado vale para nuestra maltrecha civilización.

 

< (...) Hoy, hablamos de planes urbanísticos como si fueran una novedad, pero nuestros antepasados hicieron planes para el campo; eran amantes de la belleza, entendían el arte del paisaje, plantaron árboles, abrieron vistas y cambiaron el aspecto de la tierra. Esas gentes hicieron mejoras pensando en dos objetivos: la belleza y la utilidad, que no son incompatibles, como a veces se cree, sino que forman un matrimonio muy bien avenido. También pensaron en las generaciones futuras, en nosotros, y por tanto, tenemos la obligación de adelantarnos y pensar en el mañana de los hijos de nuestros hijos.>

 

Cuenta D. E. Stevenson al comienzo del prólogo del libro, que no le fue fácil responder a la pregunta de si este libro era de risa o real como la vida misma, puesto que ella entendía que la vida es intrínsecamente risa; esa era su visión. No me corresponde a mí ratificar o no su afirmación, pero sí puedo asegurar que leyendo su novela algo cambia en el interior del lector. Su historia son pequeños extractos de la vida de personajes anónimos, nada extraordinario ni magnífico ocurre a lo largo de la comedia, pero en ello reside su éxito: habla de personas comunes con vidas comunes, en busca de Armonía. ¿No es eso lo que queremos todos?


<La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.> Benjamin Franklin

 

Undine von Reinecke

 

 

La autora por la Editorial:




D. E. (Dorothy Emily) Stevenson nació en Edimburgo en 1892, hija de un ingeniero y constructor de faros, primo de Robert Luis Stevenson, y siempre vivió en Escocia. Fue educada en casa con institutrices y perteneció al equipo de golf femenino Scottish Ladies. En 1916 contrajo matrimonio con el comandante James Peploe. Después de la Primera Guerra Mundial, el matrimonio se instaló en Bearsden, cerca de Glasgow. Dorothy escribió su primer libro, Peter West, en 1923, al que siguió Mrs. Tim of the Regiment (1932), en el que daba cuenta de sus experiencias como esposa de un militar. En 1934 publicó El libro de la señorita Buncle (RARA AVIS núm. 4), que tuvo un inmenso éxito, el cual se explicaba diciendo: «Escribo sobre personas que a todos nos gustaría conocer». A partir de entonces escribiría una novela al año, de las que vendería millones de ejemplares en Gran Bretaña y Estados Unidos; entre ellas se encuentran las dos continuaciones de El libro de la señorita Buncle (El matrimonio de la señorita Buncle en 1936 – RARA AVIS núm. 10– y Las dos señoras Abbott en 1943 – RARA AVIS núm. 15–), y otras novelas ambientadas en los alrededores de Wandlebury como Las cuatro Gracias (1946, RARA AVIS núm. 22); también cabe mencionar An Empty World (1936), Music in the Hills (1950) y Gerald and Elizabeth (1969). La escritora escocesa Aline Templeton ha caracterizado así su obra: «Cuando a la señorita Prims de Oscar Wilde le preguntaron por la novela en tres tomos que había perdido, dijo: «Los buenos acababan bien y los malos, mal. Eso es ficción», y tal vez el atractivo de las novelas de D. E. Stevenson consista en que, para alivio general, cumplen esa regla. Murió en Moffat en 1973.


miércoles, 20 de mayo de 2020

RESEÑA: "EL MISTERIO DE GRAMERCY PARK", ANNA K. GREEN



Fuente: Undine von Reinecke


Ficha Técnica:

Traducción: Rosa Sahuquillo y Susanna González

Introducción: Carmen Forján

Ilustraciones: L. Malteste

Colección «Misterios de Época»

ISBN: 978-84-938972-9-1

Medidas: 16X24 cm

400 páginas

P.V.P.:  23,50 €

Encuadernación: tapa dura con sobrecubierta y lazo de punto de lectura. (Incluye marcapáginas y lámina)

 

Sinopsis de la Editorial:

La acaudalada familia Van Burnam regresa de un viaje al extranjero al mismo tiempo que aparece una mujer muerta en el salón de su casa. Un gran aparador ha caído sobre ella aplastando su cara, y aunque la policía sospecha que la víctima es la esposa de uno de los hijos del señor Van Burnam, éste insiste en que no la reconoce. ¿Qué hacía la mujer en una mansión que permanecía cerrada? ¿De quién son las extrañas prendas que llevaba puestas? ¿Estaba muerta antes de caer sobre ella el aparador?...

En El misterio de Gramercy Park (1897) una solterona de mediana edad, la señorita Butterworth, se convierte en detective aficionada cuando un extraño asesinato tiene lugar en la mansión contigua a su vivienda. Así da comienzo una compleja investigación llena de giros equivocados y con una intrigante trama que mantiene en vilo al lector hasta la última página.

 

Propuesta musical para este libro:

 


Serenade for Strings in E major, Op. 22, B. 52 (Dvorák)



Lo que Undine piensa del libro:

Entre los propósitos literarios de comienzo de año, muchos de los blogs que sigo, y yo misma en menor grado, teníamos como objetivo deseable reducir la lista de libros sin leer acumulados en las estanterías desde tiempo inmemorable. Las circunstancias actuales han propiciado que esta intención se haya convertido en realidad para muchos de nosotros, con la imposibilidad de visitar las librerías y la dificultad para recibir libros. Ante este panorama, ese genio travieso que increpa al lector voraz a buscar un nuevo título cuando finaliza un libro lo tiene mucho más difícil, puesto que las tentadoras novedades no están al alcance. Y yo, que busco siempre nuevos horizontes con los que viajar soñando, quise que una de mis editoriales de confianza, a la que sigo desde sus comienzos, me solucionara el problema. Busqué en mi estantería entre los títulos no leídos de sus ediciones y elegí un misterio de época. Una oportuna elección que me ha facilitado en los últimos días desconectar de la realidad, dejándome llevar por la fascinante ambientación y la interesante trama de la novela, que está protagonizada por un personaje singular que me ha hecho disfrutar deliciosos momentos.

Si nos pidieran que imagináramos a una anciana dama mirando por una ventana inquisitivamente y con una taza de té en las manos, y nos reclamaran que diéramos un nombre, estoy segura que casi todos responderíamos al unísono: Miss Marple. A todas luces, la gran Agatha Christie hizo inmortal gracias a las muchas novelas que protagonizó a su sagaz detective aficionada. Pero, como muchos de los lectores de narrativa policiaca ya sabéis, antes que ella hubo otra escritora que imaginó un personaje similar para sus historias de misterio. Me refiero a Anna K. Green, escritora norteamericana considerada la madre de la novela policiaca de la era victoriana, y creadora de la tremenda señorita Amelia Butterworth, personaje del que “las malas lenguas” dicen haberse valido la famosa novelista inglesa. No en vano, en su autobiografía Christie menciona las lecturas que hacía junto a su hermano de las novelas escritas por Anna K. Green. Sea así o no, lo cierto es que ambos personajes comparten significativas características que llaman poderosamente la atención del lector, por su interés y originalidad, y que se asocian irremediablemente a ese arquetipo de señora de cierta edad que siente una curiosidad por encima de lo normal sobre las personas y acontecimientos que rodean su comunidad haciéndose eco de ellas. Un prototipo que no falta en ninguna colectividad, y que en los últimos años un famoso humorista lo utilizó caricaturizándolo como la genial Vieja´l Visillo, a quien no se le escapa nada de lo que ocurre, siendo temida por todos.

Y así, con ese recuerdo cómico y una sonrisa optimista, comencé mi nueva lectura. Una novela titulada El misterio de Gramercy Park, que la editorial dÉpoca publicó en 2014 y que comienza así:


<No soy una mujer curiosa, pero cuando en mitad de una calurosa noche de septiembre oí maniobrar un coche de punto en la casa de al lado, y detenerse, no pude resistir la tentación de saltar de la cama y echar un vistazo a través de las cortinas de mi ventana.

En primer lugar porque la casa estaba vacía, o eso suponía, pues la familia que la habitaba aún permanecía -tenía todas las razones para creerlo- en Europa. Y en segundo lugar, porque, al no ser curiosa, a menudo me pierdo aquello que sería realmente interesante y provechoso para mí conocer de la vida.

Por suerte, no cometí tal error aquella noche. Me levanté y miré hacia la calle, y aunque estaba lejos de suponer lo que ocurriría después, di de este modo, el primer paso en el curso de la investigación que ahora concluye.>

 

Nos encontramos en el Nueva York de 1895. Amelia Butterworth, la dama que relata la historia, es una “solterona” de buena familia que vive sola en su casa, únicamente acompañada por el servicio. Pese a asegurarnos ella misma al presentarse lo discreta y educada que es,  sus pocos compromisos sociales y la ociosidad que rige su vida la inducen a estar muy pendiente de los acontecimientos que suceden fuera de sus dominios. En el momento en que da comienzo la novela, nuestra protagonista espia por la ventana de su dormitorio en busca de nuevas emociones, al escuchar el ruido de un coche de punto a las puertas de la mansión vecina, Gramercy Park. Su curiosidad es premiada cuando ve cómo una pareja joven compuesta por una mujer y un hombre entra en la casa, para salir el caballero tan solo unos minutos después. Este sencillo hecho despierta todas las alarmas de la avispada señorita Butterworth, sabedora de la ausencia de los dueños de la casa, la familia Van Burnam. Viendo recelosamente esta visita nocturna, decide esperar a la mañana para desentrañar el sospechoso suceso.

Al día siguiente y sin demora (en palabras de la protagonista: <tan pronto como mi natural modestia me permitió>), nuestra protagonista decide vigilar Gramercy Park desde su ventana por si se producen novedades; continuando su inspección hasta el mediodía. La falta de movimiento en la casa vecina le parece tan sospechosa como la oscura visita de la noche anterior, tanto que se ve obligada a denunciar sus recelos ante el primer policía que pasa por la calle, y le pide que investigue el asunto.

Las constantes llamadas a la puerta de la lujosa mansión no ofrecen respuestas, pero en ese momento se para frente a la casa una curiosa mujer, que luce una humilde y vulgar vestimenta. La recién llegada, no exenta de una dudosa conducta, se identifica como la mujer de la limpieza. Ella les abrirá la puerta de servicio de la gran mansión, no sin antes haber sido increpada insistentemente por las preguntas compulsivas de nuestra protagonista, suplantando las funciones del agente de la ley. Cuál no será su sorpresa, cuando al acceder a la casa se encuentran en el salón una mujer muerta con la cara desfigurada y bajo el peso de un enorme aparador. En ese momento, el rápido mecanismo mental de Amelia Butterworth entra en funcionamiento, y comienza a especular con los posibles acontecimientos que dieron pie a esta desgraciada muerte: ¿Será un accidente, o acaso un asesinato? Si ha sido una muerte violenta, ¿se podría sospechar del caballero que vio entrar en la casa la noche anterior? ¿Podría ese caballero ser uno de los dos hijos de los propietarios de Gramercy Park, aquel a quien la familia dio la espalda por su criticable matrimonio ? ¿Acaso será la víctima la pérfida esposa de él?

De todo ello nos enteraremos si atendemos al relato que del juicio preliminar y posterior investigación hace nuestra suspicaz heroína, quien no conforme con la decisión del juez al detener a unos de los hijos van Burnam tras haberse incriminado, resuelve investigar por su cuenta para desentrañar el oscuro misterio que envuelve esta tragedia. Y así, ya de paso, ridiculizar al torpe sistema policial de la ciudad de Nueva York.

El caso Gramercy Park es una original novela policiaca que presenta por vez primera a uno de los personajes más impertinentes a la par que irresistibles que la novela victoriana conoció: Amelia Butterworth, una solterona educada a la vieja usanza y con un alto concepto de sí misma, provista de un fuerte carácter capaz de ensombrecer la voluntad más férrea.


<No me gustan los cumplidos -respondí secamente-; ciertamente, siempre me han sido desagradables. Como si hubiera algún mérito en ser franco u honesto, o cualquier otra distinción. Soy la señorita Butterworth y no estoy acostumbrada a que me hablen como si fuera una simple campesina (…).>


Esta peculiar mujer, a quien las buenas costumbres sociales no le hacen ver como un defecto su intromisión en las labores policiales, que considera totalmente inútiles y desacertadas, competirá contra el afamado detective Glyce, un personaje recurrente en las novelas de Anna K. Green y que se hizo famoso desde su primera novela, El caso Leavenworth.


<¿Me hubiera sentido tan congratulada de mi superioridad si hubiera sabido que era él quien se había hecho cargo del caso Leavenworth? Y que en sus primeros años había experimentado una maravillosa aventura en The staircase at The Heart’s Delight. Tal vez sí, pues a pesar de no haber vivido muchas aventuras me siento capacitada para experimentarlas, y en lo que respecta a la peculiar visión que había demostrado el señor Glyce en su larga y agitada carrera, es una cualidad que otros muchos pueden compartir, como espero poder demostrar antes de concluir estas páginas.>
 

Obstinada como pocos, esta inteligente mujer se enzarzará en un reñido combate por descubrir los entresijos de este misterio, poniendo en un brete el prestigio del ya anciano detective Glyce, quien muy sagazmente utilizará los descubrimientos de esta investigadora aficionada para su beneficio.


<El señor Gryce sonrió, pronunció un corto “¡No me diga!”, y adoptó, más que nunca, la apariencia de una esfinge. Empecé a odiarle silenciosamente, bajo mi apariencia sosegada.>
 

Una competencia, la de estos dos perspicaces rivales, que ha sido interpretada por muchos entendidos en el género como un reclamo de atención sobre la postura de Anna K. Green con respecto a la lucha de género, opiniones que la escritora hizo públicas en más de un artículo periodístico y que han sido tachadas de ambiguas por la crítica; como así asegura Carmen Forján en el exhaustivo e interesante prólogo del libro. Como quiera que sea, las divertidas situaciones que se presentan entre ambos personajes sirven de guía y motivación al lector para seguir esta trepidante trama llena de trampas y personajes con oscuros secretos. Porque, que quede claro, ninguna de las figuras que aparecen en la historia queda libre de sospecha.  

Una vibrante novela que nos paseará por un Nueva York a punto de eclosionar y transformarse en la ciudad de los rascacielos. Esa metrópoli tantas veces retratada elegantemente en las novelas de Edith Wharton y que aparece aquí representada con ciertos aires de modernidad dando voz a todos los estratos sociales; lavandería china incluida. Anticipándose así a lo que será la novela negra de la Golden Age con sus contrastes de atmósfera y ambiente, pese a seguir su trama aún ciertos arquetipos dramáticos propios del primario thriller victoriano del que Wilkie Collins era el rey y su consorte Mary Elizabeth Braddon.

Pero, sin lugar a dudas, el gran valor de la novela es su personaje principal, la señorita Butterworth: molesta, pesada y chismosa, que no cae bien a nadie de primeras, pero que a duras penas el lector podrá jamás olvidar, pues, bajo tanta impertinencia guarda un buen corazón.


<No es que me crea hermosa, aunque ha habido personas que así lo han considerado, pero no soy fea tampoco, y en contraste con esta mujer…, en fin, no quiero decir nada más…Sólo sé que, después de verla, me sentí profundamente agradecida a la Providencia.>


Y aquí finalizo, queridos lectores, no quiero hablar más de la cuenta y estropearos el secreto que esconde de El misterio de Gramercy Park. Emplazo a leerlo con premura a quienes no lo hayáis hecho ya, con la seguridad de que os atrapará. Porque, ¿quién no ha sido tentado en más de una ocasión por una novela donde el amor, los celos, la ambición, la pasión, la mentira y el misterio rezuman de entre sus páginas? Ya lo dijo el gran Oscar Wilde:


<La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.>

 


Undine von Reinecke

 

 

 

La autora por la Editorial:


Fuente: Wikipedia

Anna Katharine Green (1846-1935) reconocidísima escritora americana considerada «la madre de la novela de detectives» y también la «inventora» de la detective solterona aficionada, la señorita Butterworth.

Fue una escritora admirada por autores de su tiempo como Wilkie Collins o Arthur Conan Doyle, modelo y ejemplo para posteriores escritoras del género como Agatha Christie (y su entrañable señorita Marple, de la que Amelia Butterworth es precursora) y una autora cuyas novelas pueden ser leídas como un misterioso divertimento o como crónicas históricas y sociales.

Su huella y su legado siguen vigentes y merece ser visibilizada y recordada. Una madre es una madre y ella es la madre de la novela policíaca.

 

Video promocional del libro:

Os invito a disfrutar de un video promocional de dÉpoca donde se pueden disfrutar las maravillosas ilustraciones que acompañan esta edición; creación del dibujante francés Louis Malteste (1862/1897). Un trabajo artístico que, junto a su maravillosa traducción, hacen de este libro una joya de coleccionista.



 

Fuentes de información:

http://pjkeating.co.uk/janeamelia.php



miércoles, 13 de mayo de 2020

RESEÑA: "UN MES EN EL CAMPO", J. L. CARR


Fuente: Undine von Reinecke


Ficha Técnica:

Autor: J. L. Carr

Traducción: José Manuel Benítez Ariza

Año: 2004

ISBN: 84-8191-604-8

Nº de edición: 1ª

Encuadernación: Rústica

Formato: 23x14 cm

Páginas: 136

Recorridos: Pre-Textos de Cine, Pre-Textos Británicos, Ecos de la Gran Guerra

 

Sinopsis de la Editorial:

Tom Birkin, superviviente de la Primera Guerra Mundial, “con los nervios destrozados, abandonado por su esposa, sin blanca”, acude al pueblecito de Oxgodby con el encargo de restaurar un mural medieval en la parroquia. Cabría esperar que esta labor de restauración se extendiese a su propia personalidad estragada, y que el apacible medio rural al que se ha trasladado fuese el escenario más adecuado para ello. Birkin, no obstante, es un hombre de su tiempo: dotado de una autoconsciencia excesiva, la lucidez y la consiguiente ironía filtran sus impresiones y crean un estado de alma en el que la asunción de un modo de vida más digno y humano parece posible, pero obligaría a importantes renuncias. En algún momento, no obstante, al cabo de ese mágico mes en el campo, Birkin parece haber alcanzado el necesario punto de equilibrio entre el nihilismo del superviviente y la renacida fe en la vida de quien atisba la posibilidad del amor, la sociabilidad y el sentimiento del paisaje y la Historia.

 

Un mes en el campo ha sido llevada al cine en 1987 por el director Pat O'Connor con la participación de Colin Firth, Kenneth Branagh y John Atkinsons.

 

Propuesta musical para este libro:

 

Elgar: Sospiri -English Chamber Orchestra



Lo que Undine piensa del libro:

Todas las pasiones tienen algo en común: la irrefrenable energía que se apodera de las personas que las poseen. Solo hay que echar la vista atrás en la historia de la Humanidad para comprobar cuántos acontecimientos de una u otra índole, fueron ocasionados por  entusiastas y exaltados. Si nos paramos a pensar, seguramente lo primero que nos venga  en este momento a la mente son los desastres históricos protagonizados por personajes egocéntricos y violentos, que dejaron la huella del terror allá por donde pasaron. Pero los anales de la memoria también guardan maravillosos recuerdos, algunos representados por individuos tremendamente célebres que en su tiempo se vieron atraídos  por la armonía y belleza, lo que les impulsó a crear obras de incalculable valor para la posteridad. Personajes estos, cuyo legado despierta pasiones maravillosas en numerosos admiradores, añadiendo un eslabón más a esa cadena mágica que conforma el arte. De este modo, el genio de Miguel Ángel Buonarroti dejó extasiados a generaciones de ciudadanos del mundo con sus obras maestras. Sin embargo, su carácter apasionado le originó más de un disgusto, metiéndose en querellas con compañeros artistas y contratistas. Así ocurrió con el cardenal  Biagio De Cesana, maestro de ceremonias del Papa Pablo III, a quién representó en uno de los frescos del Vaticano, situándolo en el infierno  y dibujándole además orejas de asno y una serpiente mordiéndole los testículos. Todo como venganza  por las quejas que el prelado presentó ante el Papa contra él.

Interesantísimo es este mundo iconográfico del arte, que va mucho más allá de las famosas anécdotas. La historia posee también en sus archivos del tiempo multitud de obras anónimas realizadas por artista de los que jamás conoceremos sus nombres, y que guardan tras ellas mensajes secretos de su tiempo, esperando que alguien venga a descifrarlos. Un universo emocionante y misterioso, que ha seducido a eruditos y aficionados al arte a lo largo de los últimos siglos, induciéndoles a actuar como mecenas  y financiando el trabajo de arqueólogos y restauradores. Este es justo el caso elegido por J. L. Carr para construir su novela Un mes en el campo, que comienza así:


<Cuando el tren se detuvo salí a trompicones, dando codazos y pateando el macuto que tenía delante. En el andén alguien gritaba desesperadamente: Oxgodby, Oxgodby. Nadie se ofreció a echarme una mano, así que me encaramé de nuevo al compartimento y tropecé con tobillos y pies hasta alcanzar el capazo (en el porta equipajes) y mi cama de campaña plegable (bajo el asiento). Si lo visto se aplicaba a todos los norteños, me hallaba entonces en un país enemigo y todas las precauciones eran pocas antes de dar un paso. Oí a un tipo contener el aliento y a otro gruñir: ninguno de los dos habló.

Entonces el guarda silbó, el tren avanzó un par de pasos de una sacudida…y se detuvo. Esto bastó para que el viejo del rincón de la izquierda se animase a medio bajar su ventanilla.

- Va usted a enfriarse y empaparse hasta los huesos, jefe - dijo, y cerró la ventanilla en mis narices. Entonces la máquina soltó un espléndido penacho de vapor y arrancó trastabillando, mientras una hilera de rostros impasibles me miraba fijamente. Y yo estaba solo en el andén, arreglando mi bolsa, echándole un último vistazo a un mapa, embutiéndolo en el bolsillo de mi abrigo, sacándolo de nuevo hasta caer mi billete sobre las botas del jefe de estación, arrepintiéndome de no haber cosido uno o dos botones caídos, esperando que no rompiese a llover hasta que tuviera un teco sobre mi cabeza.>

 

Estamos en el verano de 1920, la Gran Guerra ha quedado atrás, pero las secuelas de los terrores vividos siguen presentes en los pocos supervivientes de la contienda. Así le ocurre a Tom Birkin, un excombatiente del ejército británico destrozado emocionalmente, que ha sido contratado para trabajar como restaurador en la iglesia de una pequeña localidad de Yorkshire.

En el momento en el que Birkin llega a Oxgodby su presente no es optimista. Sintiéndose solo y abatido por su circunstancia personal, no mira más allá del momento que tiene ante sus ojos: todo lo que necesita es un techo sobre su cabeza, algo que comer y un trabajo que realizar para poder subsistir. Y la fría atmósfera que le recibe al llegar a su destino no augura mucho más.

No obstante, la inercia de vivir le hace encaminarse hacia el lugar señalado por sus contratistas, con la intención de realizar correctamente su trabajo. El encargo corresponde a la última voluntad de una vecina de  Oxgodby, la señorita Hebron, quien dejó un pequeño capital en su testamento para realizarlo. Su labor consiste en descubrir  y restaurar un fresco que supuestamente fue pintado en la Edad Media, quedando oculto con el tiempo. El confiado para controlar su trabajo es el pastor de la iglesia anglicana, el reverendo J. G. Keach, un individuo seco y oscuro, que está en contra de los trabajos de restauración en su Iglesia y de excavación del cementerio, pues la señorita Hebron también dejó estipulado en su herencia que debían buscarse los restos de un antepasado suyo del Medievo, que al parecer fue excomulgado y enterrado en las cercanías. Esta última labor la está llevando a cabo un curioso sujeto, también excombatiente de la Gran Guerra, Charles Moon, quien establecerá con nuestro protagonista una interesante relación de complicidad, más allá de la amistad y la colaboración profesional. 

Y así comienza Tom Birkin su mes en el campo: durmiendo en el campanario de la iglesia, trabajando sin horario y comiendo cuando siente apetito. Sus días transcurren destapando cuidadosa y amorosamente el mural, un juicio final que duerme escondido del ojo humano sobre el altar de la iglesia. Sólo interrumpen la soledad de su trabajo las visitas que realiza a diario, Kathy Ellerbeck, una jovencita inteligente fuera de lo común, con la que Birkin mantiene interesantes conversaciones; y los encuentros esporádicos bajo el techo de la capilla con Alice Keach, la esposa del reverendo, con la que le unirá una relación muy especial. Ambas jóvenes conseguirán poco a poco iluminar el alma de Tom Birkin, que animado por sus descubrimientos pictóricos y las conversaciones imaginarias que mantiene con el maestro artesano que realizó el mural, verá como su estado anímico va cambiando hacia un estado cercano a la quimérica paz. La sencillez y honradez de la forma de vida de aquella población rural de Yorkshire, con la que irá interactuando y encajando, dejará una huella imborrable en su memoria para siempre.

Un mes en el campo es una novela diferente y fascinante, contada a modo de mágica fábula desde la lejanía de los recuerdos de su protagonista, Tom Birkin. Con el relato de su verano en el Oxgodby, y de sus trabajos como restaurador de arte nos traslada a un mundo lejano y maravilloso, que ya no existe, donde el caballo aún era el rey de las calzadas y el pan horneado en casa era un manjar.


<Y entonces llegaron, con el sol matinal resplandeciendo sobre sus lomos castaños y negros, y haciendo destellar sus riendas, con más medallas que un general. Llevaban las crines trenzadas con cintas patrióticas, los arneses brillaban: grandes criaturas mágicas a punto de desaparecer de las carreteras y de los surcos curvos. ¿Lo sabía yo entonces? Supongo que no, ni nadie en Oxgodby. Desde niños, siempre habían conocido el sonido de los cascos repicando en los suelos de los establos durante la noche y el olor acre a cuerno quemado en la herrería. ¿Cómo podían prever que, en escasos años, quienes compartían con ellos campos y carretera habrían desaparecido para siempre?>
 

Retazos de una forma de vida sencilla y honesta, que desapareció poco a poco al finalizar la primera guerra mundial, junto con los sueños de muchas familias que vieron morir a sus hijos. Una contienda que le costó muchas vidas humanas a Inglaterra, y que dejó una estela de terror y miedo en los hombres que consiguieron volver a casa. Héroes anónimos para el mundo, pero cuyos nombres podemos encontrar escritos a lo largo de la geografía inglesa en multitud de monumentos. A todos ellos rinde homenaje  J. L. Carr dándoles voz a través del protagonista de la novela.


<” ¡Hijos de puta! ¡Malditos hijos de puta! No tenías por qué empezar aquello. Y podríais haberle puesto fin mucho antes. ¿Dios? ¡Ja! No hay Dios”.>
 

Pero, Un mes en el campo es mucho más que un tributo a aquellos hombres, el texto es también un bonito cuento de amor y amistad; un relato optimista y esperanzador: Reflexiones de un alma que pena y encuentra la redención a través de la belleza,  y en la comunión con lo más puro del ser humano, representado en los sencillos personajes que habitan el libro.

Una ofrenda al verdadero amor, ese primigenio sentimiento que no conoce el egoísmo sobre el que se han escrito leyendas y los más grandes poetas le han dedicado múltiples versos desde la antigüedad.


<CONJUGAM OPTIMA AMANTISSIMA ET DELECTISSIMA.

VALE> (La más amante y deliciosa de las esposas. Adiós)

 

Un canto lírico de esperanza, plagado de bellísimos pasajes dedicados a la restauración, la arquitectura  y la contemplación de lo visible y lo abstracto. Escritos con un lenguaje pulcro, accesible y humano, que conmueve al lector sensible. Y tras tanta belleza también hay lugar para la intriga, porque si el lector tiene paciencia descubrirá junto a Tom Birkin el misterio que esta original trama guarda.

J. L. Carr nos dice en el prefacio del libro: <En el curso de cualquier actividad prolongada tiende uno a olvidar las intenciones originales.> Refiriéndose al carácter distinto con el que concibió el libro en un principio, al que imaginaba como una bucólica historia romántica similar a Bajo el árbol del bosque (Thomas Hardy), para terminar convirtiéndose en algo mucho más importante y grande, igual le pasó al protagonista de su novela. Así también ocurre con la vida, como ha quedado patente en los últimos tiempos, en los que la palabra programar ha quedado borrada. Los grandes sueños que todos teníamos se han desvanecido por el momento. Nuestras vidas son casi un lienzo en blanco dándonos la oportunidad para recomenzar. Oscar Wilde dijo:


<A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.>


Reflexionemos sobre estas palabras y pongámonos en marcha ya.


Undine von Reinecke



El autor por la Editorial:

Fuente: Planetadelibros.com

James Lloyd Carr nació en 1912 y se educó en Carlton Miniott, Yorkshire. Director de escuela, editor y novelista, sus libros incluyen A Day in Summer (1964), A Season in Sinji (1967), The Harpole Report (1972), How Steeply Sinderby Wanderers Won the FA Cup (1975), A Month in the Country (1980), que ganó el Premio de Narrativa del Guardian y fue nominado para el premio Booker, The Battle of Pollock’s Crossing (1985), también nominado para el Booker, What Hetty Did (1988) y Harpole & Foxberrow General Publishers (1992).

Murió en Northamptonshire en 1994.

UN MES EN EL CAMPO es el primer libro suyo que se traduce al castellano.

 

Un mes en el campo, la película:

Existe una adaptación al cine de 1987. El atractivo del cartel, encabezado por Colin Firth, Kenneth Branagh, Natasha Richardson y John Atkinsons, me llevó  en su momento a interesarme por este precioso título. Pero, como a muchos lectores nos ocurre, guardé novela y adaptación para disfrutarlas en el momento adecuado. Tras muchos años esperando en la recámara, la pasada semana  leí la novela y disfruté la película; ambas me parecieron maravillosas. No obstante, la atmósfera que se respira en el libro no llega a igualarla su adaptación. Pese a ello, invito a todos los que se vean atraídos por esta historia a disfrutar de tan grata experiencia, protagonizada por unos actores, que dan valor al film.

Os dejo aquí el link del trailer: https://www.youtube.com/watch?v=DbMaVIQau1E&t=18s


 

Fuentes de información:

http://www.lalibreriadelaestafeta.com/autores/j-l-carr/

https://www.abc.es/historia/abci-cruel-venganza-miguel-angel-contra-cardenal-mando-tapar-genitales-obra-201801040124_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F