RESEÑA: ARMADALE, WILKIE COLLINS

Fuente: Undine von Reinecke

Ficha Técnica

Editorial: Alba

Categoría: Alba Clásica Maior

Traducción: José C. Vales

Número de colección: LXXXIV

Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta

Formato: 16x22

Páginas: 840

ISBN: 978-84-9065-770-6

PVP.: 38,00 €


Sinopsis de la Editorial

El viejo Allan Armadale, plantador de las Antillas, confiesa por escrito en su lecho de muerte un horrible secreto que solo debe conocer su hijo cuando cumpla la mayoría de edad. Veinte años después, este hijo mulato se hace llamar Ozias Midwinter, es melancólico y, después de una vida atribulada y sin afecto, encuentra por fin un amigo: un joven impulsivo y cordial, amante del mar y libre de preocupaciones, que hereda inesperadamente una gran fortuna. Pero la revelación del secreto causa un enorme sufrimiento, complicado por la intervención de una hermosa pelirroja de oscuro pasado, la señorita Lydia Gwilt, que, con sus maquinaciones y falta de escrúpulos, está dispuesta a sembrar el caos por allí donde pasa: «He demostrado ­­–se jacta en una ocasión­– que yo no soy yo». 


Propuesta musical para este libro

Piano Sonata No. 14 in C-Sharp Minor, Op. 27 No. 2 "Moonlight Sonata": I. Adagio…Beethoven

*Crédito del vídeo: Canal de YouTube Daniel Barenboim

*Provided to YouTube by Universal Music Group / ℗ 1984 Deutsche Grammophon GmbH, Berlin

La pieza que el lector está escuchando es el primer movimiento de la Sonata para piano N.º 14 en do sostenido menor, Op. 27, nº 2 de Ludwig van Beethoven, compuesta en 1801 y conocida popularmente como Claro de Luna. Este sobrenombre no fue puesto por el compositor, sino que fue acuñado póstumamente en 1832, cuando un crítico alemán comparó su primer movimiento con el reflejo de la luz de la luna en el lago de Lucerna. Esta obra, que se estructura en tres movimientos (Adagio Sostenuto, Allegretto y Presto Agitato), rompe el esquema clásico de la sonata al transformarse en una obra más libre y emotiva, apuntando hacia los esquemas del Romanticismo. En cuanto al primer movimiento, es la parte más célebre de la obra y conmueve por su atmósfera sobria, misteriosa y melancólica.

He elegido el primer movimiento de la Sonata Claro de Luna de Beethoven para acompañar la reseña de hoy porque Wilkie Collins la incluye en Armadale para construir la atmósfera de la novela y explicar la angustia vital de la protagonista femenina. De hecho, el personaje de Lydia Gwilt interpreta a Beethoven al piano y cita su música en el diario que redacta.


Lo que Undine opina del Libro


<Olvida uno su falta después de haberla confesado a otro, pero normalmente el otro no la olvida.> Friedrich Nietzsche (1844-1900)


Decía el gran escritor y académico italiano Umberto Eco (1932-2016) que en lo que nos convertimos depende de lo que nuestros padres nos enseñan en momentos extraños, cuando no están tratando de enseñarnos, y sigue diciendo que estamos formados por pequeños pedazos de sabiduría. Si tomamos esta máxima como una verdad, ¿no sería lícito asegurar que, como afirmaba Shakespeare en El mercader de Venecia (Acto III, escena 5), los pecados de los padres se heredan en los hijos?

Fuente: Alba Editorial

En este motivo, entre otros muchos asuntos interesantes, es en el que se centra Armadale del escritor victoriano Wilkie Collins (1824-1889). La novela fue publicada en 2001 por Alba Editorial, en una estupenda edición anotada y traducida por José C. Vales.

Armadale comienza así:

<Se abría la temporada de 1832 en el balneario de Wildbad.

Las sombras del atardecer empezaban a amenazar la pequeña y tranquila ciudad alemana, y se esperaba la llegada de la diligencia de un momento a otro. En la puerta del hotel principal, esperando a los primeros visitantes del año, se habían reunido los tres personajes más notables de Wildbad, acompañados por sus esposas: el alcalde, que representaba a los ciudadanos; el médico, que representaba a las aguas del balneario; y el dueño del hotel, que representaba a su propio establecimiento. Apartados de este círculo selecto y formando alegres grupos en la bonita plazuela que se abría frente al hotel, los ciudadanos se mezclaban con los campesinos, ataviados con pintorescos trajes alemanes, y esperaban pacientemente la llegada de la diligencia (...)>


Armadale nos lleva a una ciudad balneario alemana de 1832. Allí, como cada año, la población espera con entusiasmo la llegada de las personas que quieren hacer uso de sus famosas aguas medicinales con el anhelo de descansar y recobrar la salud. Entre los enfermos que han llegado este año se encuentra Allan Armadale, un caballero nacido en las Antillas, propietario de una gran plantación, que se ha alojado en el mejor hotel de la ciudad en compañía de su esposa nativa antillana y de su hijo pequeño. Armadale está muy enfermo; quizá le queda poco tiempo de vida. Por ese motivo, su obsesión es encontrar a un compatriota o a una persona que entienda bien el inglés, que pueda finalizar al dictado una carta que inició él mismo antes de comenzar la etapa crítica de su enfermedad. La epístola va dirigida a su hijo para que la lea cuando sea mayor. En ella, le previene contra las consecuencias de un terrible secreto: una traición que sufrió en su juventud y la subsiguiente venganza en la que se embarcó. Allan Armadale cree que este acto deleznable puede perseguir a su vástago hasta el final de sus días, ya que ambos comparten el mismo nombre. En su escrito, le advierte contra las personas que estuvieron implicadas en aquel momento vergonzoso de su vida.

Han pasado los años y la acción se traslada a Inglaterra dos décadas después. Allí, en una pequeña población de la campiña, vive junto a su madre un joven rubio y de tez blanca que se llama Allan Armadale. Vivaracho y de personalidad alocada, su educación ha sido dirigida por el párroco de la población, el reverendo Decimus Brock, que ejerce como su tutor. 

Un día, un joven vagabundo y enfermo llega a la parroquia. Como su vida corre peligro, el reverendo se hace cargo de él. Se trata de Ozias Midwinter, un muchacho mulato que, con su actitud enigmática, despierta de inmediato las sospechas de la madre y del tutor de Armadale. Pese a los recelos iniciales, ambos muchachos entablan una amistad inquebrantable. Por eso, cuando la fortuna le sonríe inesperadamente a Armadale, este quiere compartirla con su misterioso y críptico compañero.

El destino los lleva a asentarse en la imponente mansión Thorpe Ambros, en Norfolk. Todo parece marchar a las mil maravillas, hasta que la fascinante Lydia Gwilt, institutriz de la joven por la que Allan bebe los vientos, entra en sus vidas. Esta bella mujer, tan seductora como impenetrable, será la que marque un antes y un después en la relación de los dos amigos.

¿Acaso será ella el catalizador de la maldición que pesa sobre los Allan Armadale?

1ª Edición inglesa (Fuente: Wikipedia)

Armadale es una apasionante, intrincada y perturbadora novela publicada originalmente por entregas entre noviembre de 1864 y junio de 1866 en la revista Cornhill Magazine de Londres. La obra se publicó en forma de libro poco después, corriendo la edición a cargo del sello Smith, Elder & Co. 

El texto fue motivo de escándalo y de indignación moral desde el momento de su aparición. De hecho, durante la década de 1860, la crítica conservadora victoriana se postulaba en contra del auge de la llamada sensation fiction (novela de sensación), un género que maridaba el melodrama criminal con la vida doméstica respetable. Armadale se interpretó como el mejor ejemplo de este género “maldito” y Wilkie Collins fue acusado de recurrir al morbo para su trama —utilizando motivos como el asesinato, el fraude o la bigamia— y de poner en riesgo la salud moral de la sociedad. No contentos con esto, publicaciones prestigiosas como The Spectator diseccionaron a la protagonista femenina, Lydia Gwilt —una femme fatale adicta al láudano, entre otras dulzuras—, calificándola como “una mujer más sucia que la basura de las calles”. Los lectores apoyaron esta sentencia y dieron su opinión con respecto a los diferentes castigos físicos o morales que este cliché literario decimonónico de “mujer caída” debería haber tenido.

Por su parte, aunque se reconoció la habilidad de Collins para dibujar tramas cargadas de suspense, publicaciones como The Saturday Review criticaron la estructura de la novela por considerarla un melodrama inverosímil basado en situaciones forzadas y confusas, que se apoyaba en supersticiones y motivos filosóficos contrarios a los valores cristianos. Como resultado de todo lo anterior, a nivel comercial, Armadale registró menos ventas que las novelas más celebradas del autor.

Fuente: Alba Editorial

Muy al contrario de las lecturas superficiales que en su día la tildaron de sensacionalista, los académicos modernos analizan Armadale positivamente y la valoran como una de las obras más complejas, transgresoras y psicológicamente vanguardistas de su autor. De hecho, hoy en día se la considera una pieza clave para comprender la evolución del thriller psicológico contemporáneo y forma parte del cuarteto de oro de la narrativa de Wilkie Collins junto con La dama de blanco (1860), La piedra lunar (1868) y Sin nombre (1862). Y digo más, esta compleja novela ha influido notablemente en autores adscritos al género del thriller psicológico de la generación posterior; una influencia que se consolida en la literatura del siglo XX a través de la construcción de atmósferas góticas cotidianas, el desarrollo del secretismo y la creación de personajes femeninos ambiguos y magnéticos, un legado directamente heredado por escritoras como Daphne du Maurier en su célebre obra Mi prima Rachel.

El gran triunfo de la novela radica en su rechazo a la doble moral victoriana que basculaba entre virtud y vicio. A través de una subyugante trama de identidades duplicadas, profecías aterradoras y destinos cruzados, Collins teje una telaraña donde la culpa es hereditaria y la ilusión del libre albedrío pierde solidez.

Otra de las virtudes de Armadale es el magistral dominio de la atmósfera, un elemento que trasciende el mero decorado para convertirse en un personaje más. A partir de escenarios de gran interés que él mismo conocía bien, Collins hace un despliegue geográfico y escenográfico capaz de asfixiar. En este sentido, críticos y biógrafos como Peter Ackroyd y Andrew Lycett han indicado que Collins transforma el paisaje en un espejo del trauma psicológico y del destino. Desde los parajes pantanosos de Norfolk, las calles de Londres y los litorales fantasmalmente románticos de la Isla de Man y Nápoles, hasta los claustrofóbicos interiores de los diversos edificios donde se traslada una y otra vez la acción, la ambientación funciona como un reflejo directo de la angustia y la culpa que acechan sin descanso a los protagonistas.

En este contexto opresivo se mueve la tríada protagonista: Allan Armadale, Ozias Midwinter y Lydia Gwilt. A ellos deja Wilkie Collins la responsabilidad de cargar con la maldición familiar. Lejos de los arquetipos propios de la época, Collins modela tres identidades complejas, conectadas de manera intangible por el pasado y el fatalismo. Por un lado, Allan Armadale representa la superficialidad y la ceguera de la aristocracia victoriana; su optimismo cuasi infantil le hace incapaz de descifrar las desgracias que se avecinan sobre él. Frente a él se sitúa Ozias Midwinter, una figura dramática de excepción sobre la que pesa la atmósfera gótica de la novela, encarnando por diferentes motivos a un ser marginado por la sociedad. Es preciso destacar que bajo su condición de mulato y su desclasamiento se esconde una encubierta crítica social de Wilkie Collins: los prejuicios y la hipocresía victoriana son puestos ante los ojos del lector.

Srta. Gwilt, Armadale (1866),.Ilustración de
George H. Thomas (Fuente: Web:graphicarts.princeton.edu

Entre estos dos hombres irrumpe la figura de Lydia Gwilt, una de las femmes fatales más interesantes, perversas y complejas de la literatura decimonónica. Lejos de ser una villana corriente, Lydia es una mujer marcada por el abuso derivado del sistema patriarcal victoriano. De mente calculadora, fría y, sin embargo, emocionalmente ambivalente, a través de sus diarios el lector puede conocer su devenir y los traumas que hicieron de ella un ser manipulador y destructivo. En este contexto, el lector bascula entre el rechazo hacia la maldad de la dama y la compasión por las desgracias acontecidas en su pasado.

Sin embargo, este complejo triángulo de fuerzas (la ceguera de Allan, el tormento gótico de Ozias y la ambivalencia destructiva de Lydia) no trabaja en solitario. A su alrededor orbita una excelente galería de personajes secundarios que no sólo aportan fluidez a la trama con sus historias personales, sino que completan el cuadro social que Collins dibuja. Figuras como la ingenua pero resuelta Neelie Milroy, aspirante al corazón de Allan; el pragmático abogado Mr. Pedgift y su hijo, pareja que refleja con sus acciones el pensamiento del propio autor; el dickensiano administrador James Bashwood, execrable enamorado de Lydia, o el siniestro doctor Downward apuntalan la novela, convirtiéndola en un texto a medio camino entre la comedia costumbrista, la novela social y la historia criminal. 

Este fascinante grupo de protagonistas y la magnífica galería de personajes secundarios no circulan por el texto de manera independiente, sino que se articulan magistralmente mediante un esquema narrativo complementado por diarios y cartas. Este dinámico recurso, propio de la novela de sensación decimonónica, aporta agilidad a la trama y multiplica los puntos de vista sobre el misterio central. Es más, consigue que el propio lector se convierta en detective, encajando piezas de un puzle donde nadie es completamente inocente ni absolutamente culpable.

Estamos ante casi novecientas páginas emocionantes llenas de suspense y acción. Con todo, las dimensiones de la novela no deben asustar, porque, además de su subyugante ritmo narrativo, Collins enriquece la obra con una notable sofisticación cultural con la que seduce al lector. Destacan las citas constantes a Shakespeare, que conectan con sus críticas morales y alusiones intelectuales; las escenas musicales, donde las piezas interpretadas conectan con el estado psicológico de los personajes y establecen el clima ambiental; y el cambio geográfico constante, que indica cómo Collins, un hombre que realizó en su juventud el clásico Grand Tour continental, aprovecha sus propias vivencias para cuestionar el sentido de ese viaje de refinamiento cultural, transformándolo en un perturbador escenario gótico de secretos, huidas y amenazas.

Sumergirse en las páginas de Armadale es, en definitiva, aceptar la invitación de Wilkie Collins a un viaje apasionante. Quien decida aventurarse en él, descubrirá a un autor que no sólo dominó el suspense, sino que hizo del humor su mejor escudo ante los contratiempos de la vida y convirtió la literatura en una poderosa herramienta de crítica social.


<¡Cuán grande riqueza es, aun entre los pobres, el ser hijo de buen padre!> Juan Luis Vives (1492-1540) 


Undine von Reinecke ♪


El autor por la Editorial

Fuente: Alba Editorial
Wilkie Collins

Hijo del paisajista William Collins, nació en Londres en 1824. Fue aprendiz en una compañía de comercio de té, estudió Derecho, hizo sus pinitos como pintor y actor y, antes de conocer a Charles Dickens en 1851, había publicado ya una bio­grafía de su padre, Memoirs of the Life of William Collins, Esq., R. A. (1848), una novela histórica, Antonina (1850), y un libro de viajes, Rambles Beyond Railways (1851). Pero el encuentro con Dickens fue decisivo para la trayectoria literaria de ambos. Ba­sil (ALBA CLÁSICA núm. VI; Alba Minus núm. 10) inició en 1852 una serie de novelas «sensacionales», llenas de misterio y violencia pero siempre dentro de un entorno de cla­se media, que, con su técnica brillante y su compleja estruc­tu­ra, obtu­vie­ron enseguida una gran repercusión: La mujer de blanco (1860), Arma­da­le (1866; ALBA CLÁSICA MAIOR núm. LXXXIV) o La Piedra Lunar (1868; ALBA CLÁSICA MAIOR núm. L), que sentó las bases del moderno relato detectivesco, fueron tan aplaudidas como imitadas. En Sin nombre (1862; ALBA CLÁSICA MAIOR núm. XI; Alba Minus núm. 19) y Marido y mujer (1870; ALBA CLÁSICA MAIOR núm. XVI; Alba Minus núm. 6), las heroínas son mujeres dramáticamente condicionadas por una arbitraria situación legal. Otras novelas suyas son La pobre señorita Finch (1871-1872; ALBA CLÁSICA núm. XXVI; Alba Minus núm. 6) y La hija de Jezabel (1880; ALBA CLÁSICA núm. CXL). Collins murió en Londres en 1889, sin haberse casado nunca pero cabeza de dos familias distintas y rigurosamente secretas.


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