RESEÑA: EL BARÓN, COMEDIA EN DOS ACTOS Y EN VERSO, LEANDRO FERNANDEZ DE MORATÍN

 

Fuente: Undine von Reinecke


Ficha Técnica

Editorial: Editions Ferni, edición reservada a Los Amigos de la Historia

Colección: Colección Círculo de Amigos de la Historia

Obras que componen este libro: El viejo y la niña. El barón. La mojigata.

Año de edición: 1974

ISBN COLECCIÓN COMPLETA: 84-225-1600-4

Este vol. (XXVIII): 84-225-0029-9

P.V.P.: ¿?


Propuesta musical para este libro

Fandango, R.146, Padre Antonio Soler. Intérprete: Scott Ross, clave-harpsichord.

*Fuente: Canal de YouTube  Lander Música

La pieza que el lector está escuchando es el Fandango en Re menor (R 146), un obra para clavecín compuesta hacia 1770 por el catalán Antonio Francisco Javier José Soler y Ramos, mejor conocido como Padre Antonio Soler (1729-1783). Éste fue un célebre compositor, clavecinista, organista y musicólogo español del barroco tardío y principios del clasicismo, también monje jerónimo, que pasó a la historia por su notable contribución al repertorio musical del teclado, del concierto barroco, y por sus composiciones para instrumentos de cuerda. En ese mismo sentido, es considerado uno de los más grandes representantes de la escuela dieciochesca del teclado, que fue instaurada en España por Doménico Scarlatti (1685-1757).

Por otro lado, el Padre Soler ocupó el importante cargo de organista y maestro de capilla en el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial durante el tiempo que comprende los años de 1752 a 1783. Además de ello, fue maestro del Infante Gabriel de Borbón (1752-1788), décimo hijo y el favorito del monarca Carlos III.

He elegido el Fandango en Re menor del Padre Soler para acompañar la reseña de hoy, porque este músico fue uno de los más importantes compositores españoles del siglo XVIII, si no el que más, y sus piezas sonaban frecuentemente en Madrid cuando el grandtourista Giuseppe Baretti visitó en 1760 la Villa y Corte española. Por otro lado, este fandango fue compuesto cuando Leandro Fernández de Moratín, autor de la pieza teatral protagonista de la reseña de hoy, contaba la tierna edad de diez años. Con lo cual, músico y escritor fueron también contemporáneos.


Lo que Undine opina del libro


<El que no sale nunca de su tierra está lleno de prejuicios.> Carlo Goldoni (1707-1793)


Hoy, miércoles 18 de 2026, llego a Madrid, capital del Reino de España, y actual etapa de mi viaje literario La vuelta al mundo en doce libros-Grand Tour 2026, que este año persigue las grandes capitales europeas visitadas por los llamados grandtouristas dieciochescos y decimonónicos, en su afán de afianzar conocimiento adquirido y atesorar mundología.

Madrid, por su devenir en el tiempo, tiene la categoría de villa histórica. Por su relevancia capitalicia, alberga las sedes del Gobierno de la Nación, sus departamentos ministeriales, las Cortes Generales, el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional, además de acoger las residencias oficiales de los reyes de España y del presidente del gobierno.

Fue Felipe II quien concedió en 1561 la capitalidad a Madrid. Desde ese momento, con algunos intervalos –Valladolid (1601-1606); Sevilla, durante el Lustro Real (1729-1733); Cádiz, a causa de la Guerra de la Independencia (1810-1813); y Valencia (1936 -1937) y Barcelona (1937-1939), durante la Guerra Civil)–, Madrid ha venido ejerciendo dicha función.

Giuseppe Baretti, Joshua Reynolds (1750)
De este despliegue cronológico, se deduce que Madrid ya era Villa y Corte cuando Giuseppe Baretti (1719-1789), que fue uno de los grandes intelectuales que realizaron el Grand Tour, entró en la capital de España en 1760. Si mis lectores recuerdan, mencioné a esta interesante figura histórica en la anterior etapa de mi viaje literario dedicada a Portugal

En ella comentaba, que el eminente turinés fue preceptor y acompañante del joven Edward Southwell (1738-1777), futuro lord Southwell, durante su periplo iniciático, un viaje que iniciaron en Londres y que tenía como destino Italia, debiendo atravesar para ello la Península Ibérica a causa de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), el conflicto bélico que tenía a Europa preocupada en aquel momento. Como decía, Baretti recogió sus experiencias en un interesante manuscrito titulado Viaje de Londres a Génova –Lettere familiari (Milán, 1762)–, en el que habla del contexto sociopolítico y cultural de los países que atravesaba en su periplo, quedando sus valoraciones para la memoria del tiempo como un documento excepcional de aquellos días.

Cuando el gran lingüista y lexicógrafo turinés llegó a Madrid, atravesando el Puente de Toledo y gozando de la maravillosa perspectiva que le ofrecía la posición de la Corte y Villa, lo primero que le sorprendió fue la afortunada ubicación de la ciudad, y pensó que prometía ser una de las principales y más grandes capitales europeas dieciochescas. Sin embargo, según Baretti se iba adentrando en la ciudad se llevó un gran chasco, porque el alcantarillado del municipio era inexistente en aquel momento, y el olor putrefacto de las calles era insoportable. Hasta tal punto debía ser el caso, que el escritor se vio inclinado a acortar considerablemente su viaje. Con todo y con ello, el italiano quiso ser justo con la ciudad, porque en la edición de su libro incluyó un pie de página, donde aseguraba que el problema se había solucionado un año después de su estancia gracias al plan de reformas de Carlos III.

Puente de Toledo (2026)
Fuente: Undine von Reinecke
No es de extrañar que adjuntara esta aclaración, ya que de las crónicas madrileñas de Baretti se deduce la empatía y buena disposición que éste sentía hacia el pueblo español. Y es muy interesante adentrarse en su texto para conocer las visitas que hizo al casi terminado Palacio Real, donde habla de sus construcción y decoración. También es francamente sugestivo conocer las opiniones de éste sobre algunos de los ilustres contemporáneos que dejaron su huella en Madrid, como lo fueron Giambattista Tiepolo (1696-1770) o Anton Raphael Mengs (1728-1779) –dos de los grandes pintores que se ocuparon de los frescos de palacio–, o Filippo Juvara (1678-1736) y Juan Bautista Schaquetti (1690-1764), que fueron los principales arquitectos que intervinieron en su construcción , y que eran conocidos del padre del escritor.

En ese mismo sentido, la descripción que hace de la familia real española, que centra su atención sobre el recién llegado a España Carlos III, al que considera un gran hombre ilustrado y un monarca prometedor para la modernización de España, puede ser de gran valía para todos aquellos que se consideren amantes de la historia narrada en primera persona, y para quienes gustan del anecdotario y del cotilleo sobre nuestra nación.

No obstante, desde mi punto de vista, lo más importante de las crónicas dedicadas a Madrid por Giuseppe Baretti es el cuadro que dibuja sobre su sociedad. El escritor observa y experimenta a placer las costumbres de sus ciudadanos, y lo mismo se adentra en los salones aristocráticos, evaluando muy positivamente la elegancia, gallardía y hospitalidad de sus dueños, como pasea por las calles madrileñas, haciendo un reportaje extraordinario sobre las iglesias, hospitales y edificios civiles varios. Recetas dieciochescas españolas, notas sociales y de moda, crítica literaria y musical, las opiniones de Baretti sobre el Madrid de 1760 y, en general, sobre el carácter, la política y la cultura atesorada durante siglos por el pueblo español, contradicen la leyenda negra que pesaba sobre España a nivel internacional. En ese sentido, Giuseppe Baretti señala con el dedo a los críticos franceses e ingleses que, en aquel tiempo, cargaban sus plumas contra la nación española.

Palacio Real de Madrid (2026)
Fuente: Undine von Reinecke
Como nota curiosa que enlaza con la obra protagonista de la reseña de hoy, comentar que el mismo año en que visitó Madrid Giuseppe Baretti llegó al mundo un gran literato español. Me refiero a Leandro Eulogio Melitón Fernández de Moratín y Cabo (1760-1828), más conocido como Leandro Fernandez de Moratín, dramaturgo y traductor madrileño, que ha pasado a la historia como el mejor comediógrafo neoclásico de nuestro país, y autor de la célebre comedia en prosa El sí de las niñas (1806), una obra llegó a ser prohibida por la Inquisición; el dramaturgo siempre estuvo en el punto de mira de las autoridades eclesiásticas y políticas.

Con todo y con ello, pocos años antes de este veto literario, y bajo el mecenazgo de Godoy, Moratín realizó dos viajes por Europa. De hecho, fue uno de los personajes ilustres españoles que realizaron el Grand Tour. De estas experiencias surgieron sendos textos: Apuntaciones sobre Inglaterra (1792-1793), que vio la luz póstumamente en 1867, y Viaje a Italia (1793-1796), este último título publicado reciente por Ediciones Siruela, del que hablaré en futuras etapas del reto. Y puedo asegurar a mis lectores, que de la lectura de ambos textos se deduce que Moratín también fue un excelente cronista de viajes.

Sin embargo, para la presente reseña traigo una comedia destinada a los escenarios, no muy conocida en nuestros días, y que fue escrita poco antes de que el dramaturgo madrileño emprendiera su Grand Tour. Estoy hablando de El Barón, Comedia en dos actos y en verso de Leandro Fernández Moratín. Mi edición pertenece al Círculo de Amigos de la Historia.


El barón comienza así:


<El teatro representa una sala adornada al estilo del lugar. Puerta a la derecha, que da salida al portal; otra a la izquierda, para las habitaciones interiores, y otra en el foro con escalera, por donde se sube al primer piso.

La acción empieza a las cinco de la tarde y acaba a las diez de la noche.>


El Barón nos lleva a la población de la Illescas del siglo XVIII. Allí, conocemos a la Tía Mónica, una viuda que tiene una hija en edad casadera. Pese a que la mujer es adinerada, no posee la educación ni la clase propias del gran mundo. Por esa razón, la Tía Mónica se queda admirada cuando llega a la población un elegante caballero que dice ser barón, pese a no contar con recursos económicos en ese momento. El relato que éste hace sobre sus desgracias y las maneras que luce deslumbran de tal manera a la dama, que le admite en su morada como invitado, con la esperanza de cazarle para que contraiga matrimonio con su hija y, de esta manera, elevar su estatus y poder conocer la Corte de Madrid. Sin embargo, Isabel, la hija, está enamorada y prometida con Leonardo, un joven de la comarca que, por motivos personales, ha tenido que ausentarse durante un breve tiempo.

Así las cosas, cuando la tía Mónica y el barón apalabran el enlace con Isabel, regresa a Illescas Leonardo. Y éste, apoyado por Don Pedro, que es el tío de la muchacha, están decididos a expulsar del pueblo al sospechoso caballero usurpador. ¿Conseguirán que triunfe el amor?

Ubicación en plano de Madrid del Teatro de la Cruz, Plano de Pedro Texeira
Fuente: Wikipedia
El barón es una sencilla y divertida historia, una comedia en dos actos, que fue estrenada en 1803 en el antiguo Teatro de la Cruz (1584-1859), el histórico corral de comedias madrileño donde se estrenaron las obras de los más ilustres literatos del Siglo de Oro español, y en cuyo escenario se vieron también muchas excelentes obras decimonónicas, incluída el famoso Tenorio (1844) de José de Zorrilla. 

Hasta llegar a su estreno, El barón sufrió una disparatada e intrincada singladura, dando ésta grandes quebraderos de cabeza a Moratín. De hecho, los acontecimientos relacionados con esta obra parecen cumplir el canon picaresco de una comedia española. 

Me explico, la obra surgió de un encargo realizado a Moratín en 1787 por María Josefa Pimentel y Téllez-Girón (1750-1834), más conocida como la condesa de Benavente, que deseaba una historia escrita por Moratín para ser representa en su casa como en forma de zarzuela. El dramaturgo, pese a no sentirse inclinado a aceptar el encargo, no pudo negarse a cumplir los deseos de tan ilustre dama, que era una de las mujeres más ricas y respetadas del momento español. Del cumpliento de dicha encomienda surgió el libreto de El Barón, Zarzuela en dos actos, que envió a la condesa. Sin embargo, con gran alegría del autor, esa zarzuela no llegó jamás a representarse. 

Condesa de Benavente, Francisco de Goya (1785)
Fuente: Wikipedia
Empero, el manuscrito corrió de aquí a allá, y la picaresca existente en el mundo creativo hizo de las suyas: aprovechando el viaje que inició Leandro Fernández de Moratín, el Grand Tour mencionado líneas arriba, el libreto de El Barón fue plagiado y adaptado en diferentes ocasiones (se añadieron personajes y versos) sin permiso del autor. 

Al parecer, el primero que se benefició del libreto de Moratín fue  D. Josef Lindón, que era organista de la Capilla Real, quien se ocupó de musicalizar el libreto de El Barón. Posteriormente, algunos aficionados al teatro, a quienes gustó dicha zarzuela, quisieron representar su propia obra, deformando aún más el libreto.

Uno de estos plagiadores, al parecer, fue un tal Andrés de Mendoza, militar de profesión, quien desvirtuó notablemente el texto original, lo tituló como La lugareña orgullosa, y llegó a estrenar la obra plagiada en el hoy desaparecido teatro Coliseo de los Caños del Peral (1713-1817). 

Este hecho, que hoy nos pueda parecer extraño, era el pan de cada día en aquel tiempo. Las rivalidades teatrales eran frecuentes, y se publicaron un número notable de las llamadas “piezas contrahechas” (obras plagiadas y deformadas), entre las que se encuadran las adaptaciones no autorizadas de El barón.

Al regresar poco después Moratín de su periplo italiano y encontrarse su libreto de El Barón plagiado y desvirtuado, tomó la decisión de reescribir completamente el libreto que había escrito para aquella zarzuela, con la intención de recuperar la propiedad intelectual sobre la obra. Y ese fue el texto que llegó al escenario del Teatro de la Cruz el 28 de enero de 1803.

Coliseo de los Caños del Peral, hacia 1788.  Fuente: Wikipedia)
Entre el público asistente a esa primera función se encontraba un número copioso de personas contratadas para armar bulla, con la maliciosa intención de que la obra de Moratín fracasara. El escándalo fue tan grande, corriendo los rumores por los cafés y mentideros de Madrid, para regocijo de los enemigos del autor, que surgieron muchos chascarrillos y coplas humorísticas al respecto. 

Sin embargo, tras la segunda representación, El Barón de Moratín triunfó entre el público que no se cansaba de aplaudir. Así lo cuenta el prólogo de una edición parisina de Augusto Bobée (1825), donde se alude al buen hacer y al buen gusto del autor, a la sencillez de la historia, así como a su verosimilitud, comicidad, y a su alto poder instructivo.

Obra de tintes satíricos por excelencia, en ella hay una fuerte crítica a los matrimonios concertados, que era una práctica frecuente en aquella época, y que era un tema siempre presente en otras obras de Moratín. Ejemplo de ello son El viejo y la niña (1790) o la antes mencionada El sí de las niñas (1806). 

El Barón sigue la pauta del característico estilo de su autor, entendido en el contexto histórico ilustrado de su tiempo, que pretendía servir como herramienta didáctica entre las clases bajas, combatiendo las comedias populares que inculcan valores cuestionables, así como un medio transmisor de ideales reformistas y progresistas. De ahí que Moratín tuviera enemigos y sus obras sufrieran siempre el peso de las críticas.

No obstante, la cercanía verosimilitud de temas como el que se trata en El Barón -una madre con recursos económicos pero sin posición social, que quiere casar a toda costa a su hija con un aristócrata para elevar su posición-, servían como un vehículo muy atractivo para llamar la atención del público asistente a los teatros del momento. 

Por otro lado, la sencillez del lenguaje, adaptado al estatus de cada personaje, hacía el texto accesible a las clases populares, que disfrutaban de la función. Y aunque el realismo que respira la obra puede apuntar hacia el incipiente romanticismo, también cumple a rajatabla el canon neoclásico de la regla de las tres unidades. A saber: la obra debe tener una única trama principal, debe suceder en veinticuatro horas como máximo y debe suceder en un único lugar. De este modo, El Barón se desarrolla en un salón de un hogar de Illescas, transcurre en aproximadamente veinticuatro horas y su trama gira en torno al matrimonio concertado de la joven Isabel.

Y poco más puedo decir sobre la pieza teatral de El Barón, más allá de sonreír recordando a sus personajes. Una madre incauta deslumbrada por un charlatán, una joven enamorada y desdichada, un gallardo pretendiente que lucha por su amor, un familiar protector de la justicia y un villano tan presumido como poco inteligente; todos juntos conforman una galería de comediantes tan atractiva, que no es extraño que seduzcan al espectador con sus dimes y diretes.

Ha sido un verdadero placer regresar a la pluma de Leandro Fernández de Moratín, la sencillez de la historia que relata, la inteligencia con la que construye la sátira y el humor cercano que respira, que es de claro acento español, me han regalado momentos de verdadero disfrute. Y esto me lleva a pensar , si no deberíamos interesarnos y valorar más nuestras letras, que son parte fundamental de una legendaria cultura ancestral.


<La cultura hace al hombre algo más que un accidente del universo.> André Malraux (1901-1976)


Undine von Reinecke ♪

Os espero a todos el 15 de marzo de 2o26 en Weimar, Alemania, proxima etapa de mi reto La vuelta al amundo en doce libros-Grand Tour.

Fuente: Undine von Reinecke




El autor por Penguin-Aula

(Fuente biográfica extraída de la web perteneciente a Penguin Random House Grupo Editorial)

Leandro Fernández de Moratín (Madrid, 1760-París, 1828) fue uno de los dramaturgos españoles más célebres del siglo XVIII, así como un destacado reformador del panorama teatral de la época. Nació en el seno de una familia noble de origen asturiano. Su padre, dedicado a la abogacía, también fue dramaturgo y poeta, y fundó las tertulias celebradas en la Fonda de San Sebastián, considerada la reunión de intelectuales más importante del siglo XVIII. Cuando falleció su padre en 1780, Moratín tuvo que hacerse cargo de su madre y pasaron algunas dificultades económicas. Su prioridad, no obstante, era poder subsistir para escribir sus obras e investigar acerca de la historia del teatro español. Su estilo de vida, y el favor que le brindaba Manuel Godoy, le permitió viajar por Europa donde estudió el teatro de Molière, Shakespeare o Goldoni. Entre las obras más importantes de Moratín figuran El viejo y la niña, La comedia nueva y El sí de las niñas.

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